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Bunbury: "Los móviles hacen peores los conciertos"

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Hace menos de un año, Enrique Bunbury (Zaragoza, 1967) [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/musica/bunbury-canta-cuentas-pendientes_2025043068124790319ae75da4bcd24b.html|||presentaba «Cuentas pendientes»]], un trabajo que se lanzaba a la piscina de la exploración del folclore latinoamericano con composiciones propias. «Me gustó tanto el equipo que formamos entonces, que me dije: quiero quedarme a vivir aquí un poquito más, no quiero moverme de dirección tan rápido», dice el que fuera líder de Héroes del Silencio de la dulce resaca de aquel trabajo. Unos escasos meses que han desembocado en la llegada de su nuevo álbum, «De un siglo anterior» (Warner), un trabajo que se enfrenta a un mundo cambiante y al filo del abismo pero que transmite ganas de vivir. «Ese es exactamente el resumen que yo haría. Porque creo que es un disco positivo, aunque se adentre por momentos más bajos. Pero que mira adelante con esperanza», dice con cierto brillo en los ojos a pesar de que se trate de su decimocuarto álbum de estudio en solitario.

Quizá sea porque la esperanza no busca afuera su razón de ser, sino que sirve de armadura para rearmarse dentro. «Desde luego que es así –concede–. Siento que tengo cosas que hacer y que decir. Miro hacia afuera y veo tanto que asusta y gente aterrorizada y pienso: ‘‘si queréis iros a la mierda, ok, pero yo tengo cosas que hacer’’. Tengo muchos planes y mientras vosotros estáis pensando en el fin del mundo, yo voy a seguir con ellos. El día antes del Apocalipsis, pienso sacar un disco», lanza con convicción.

El paso del tiempo

Uno de los versos clave del nuevo trabajo asegura que hay que creer que se puede creer. «Vivimos en un mundo en el que proyectamos nuestras frustraciones al exterior, en el que nos lamentamos por lo que los demás pueden hacer por nosotros y no hacen, o si otros nos ofenden o qué nos debe el Estado. Pero lo que deberíamos hacer es pensar en tu propia circunstancia y en cómo mejorar lo que te rodea», dice Bunbury, a quien ya ni siquiera le amarga cumplir años: «Tengo amigos que, cada vez que les felicitas, te dicen que se sienten más viejos, más panzones, peores. Yo lo considero un triunfo. Me gustan las diferentes fases de la vida, no soportaría ser siempre un adolescente y mucho menos un niño». La música, en cambio, ha estado dominada por el cliché del joven rockero. «Pero ¿quién se extraña de que Rubén Blades tenga 74 años y cante como canta, él, que tiene la edad de Sabina?».

En sus nuevos temas hay alusiones a la realidad social: «Nos han quitado tanto / que perdimos el miedo». «Creo que hay muchos lugares del planeta de los que se puede decir que vivimos en democracias entre muchas comillas. Lugares en los que cedemos, muy alegremente, la potestad de nuestras vidas durante un tiempo. Aquí son cuatro años, en México son seis, los años en los que unos gobernantes hacen incluso lo contrario a lo que dijeron en su programa y ejercen el poder de una forma más o menos autoritaria. Y se convierte en un caramelo para quienes acceden a él», protesta Bunbury, vestido con traje negro de sastre, raya diplomática, y camisa de adorno geométrico. Ese panorama asoma en la más insospechada de las democracias occidentales, como la estadounidense. «Y en cualquier país, en mayor o menor grado. Porque los llamados contrapoderes están adormecidos o, digamos, son poco afilados».

Bunbury mira alrededor y ve un mundo «disparatado», invadido por la «vulgaridad y bajo la economía de la atención», en «bancarrota espiritual». «Creo que el mundo digital nos ha enfocado hacia la multi atención, a que muchas cosas nos sucedan constantemente. Ya no es que no aguantamos una película entera, es que son incapaces de ir a un concierto sin usar el teléfono. Es un hecho», cuenta el aragonés, que se volvió viral por amonestar a un fan de primera fila que no dejaba de grabar. ¿Le perturba a los artistas ver eso en el público? «Yo creo que le perturba a todo el mundo, independientemente de que lo aceptes o no. Por el mero hecho de que ya no tienes las dos manos para aplaudir y no estás participando en un concierto de la manera que debería ser. El concierto se vuelve peor. Yo, que provengo de un siglo anterior puedo constatar que los conciertos eran mejores. Y, como artista, pierdes espontaneidad. No interactúas igual si hay cámaras apuntándote porque saber que corres el riesgo de ser carne de meme y de clip viral. Es una pena».




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