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Tocqueville, el hombre que mejor supo explicar la grandeza de la democracia

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Tenemos la fortuna, en España, de tener con nosotros a uno de los mejores especialistas en Alexis de Tocqueville. Pues bien, Eduardo Nolla, profesor de Teoría Política, responsable de la edición crítica de "La democracia en América" (publicada en 1989-1990, 2010 y 2018), acaba de sacar, en la editorial Gota a Gota, una biografía del hombre que tan bien conoce y tanto ha estudiado. Es una obra relativamente breve, un esfuerzo de síntesis sólo al alcance de quienes saben de verdad de lo que hablan. La concisión se comunica al estilo: párrafos breves –muchas veces reducidos a una sola frase–, ninguna digresión, pocas imágenes. Nolla va derechamente a lo esencial, que consiste aquí en presentar la trayectoria vital y filosófica de su biografiado, con los apuntes sobre el contexto estrictamente necesarios para entender aquella.

La contención del autor viene justificada además por su deseo de dar la palabra al propio Tocqueville. Como ya había hecho en la edición de La democracia en América, en la que presentaba borradores, fragmentos descartados, planes y cartas, aquí recurre también a ese gigantesco caudal para dejar hablar al propio personaje en textos sólo disponibles para el especialista. Tenemos por tanto al alcance de la mano un Tocqueville nuevo, casi inédito para muchos, y al que escuchamos en vivo, por así decirlo, en sus reflexiones personales y en sus intercambios epistolares con sus familiares y amigos. Es una realidad tratada por Jean-Louis Benoît en su libro sobre Tocqueville y los suyos (disponible online) pero que aparece aquí concentrado y aquilatado.

Del conjunto sale un retrato muy tocquevilliano, se podría decir, aunque la figura pueda sorprender a más de un lector. Se conoce bien, claro está, la complejidad del aristócrata –con familia de gran prosapia– fascinado por la democracia: hombre clasicista, austero, exigente consigo mismo, creador también de un estilo terso y transparente, pero que no esconde la tensión intelectual, y espiritual, que lo recorre.

Nolla conoce bien, por haber sido discípulo de Luis Díez del Corral, la intensa relación de su biografiado con la obra de Pascal. También recuerda, aunque sin desarrollarla, la lectura de Rousseau. Sin Rousseau, es seguro que Tocqueville no habría llegado a una comprensión tan profunda de las pasiones democráticas. Es posible que tampoco hubiera sido capaz de tomar decisiones como las que le llevaron a casarse con su amante inglesa, y luego ferviente católica, Mary Mottley, sin el asentimiento de la familia. Y también es probable que a su estilo, que de por sí tiende a una cierta sequedad y distancia aristocráticas, como la de su biógrafo, no habría alcanzado esa flexibilidad intrínseca, de origen rousseauniano, que le es propia.

Una revelación providencial

Estamos muy lejos de los abismos emocionales en los que se extravió varias veces Benjamin Constant, que vivió, aun siendo mayor, el mismo choque brutal de la Revolución Francesa que nuestro protagonista. Y sin embargo, el famoso viaje de Tocqueville y su amigo Gustave de Beaumont a América, sin ser romántico al modo del de Chateaubriand, pariente suyo, adquiere la dimensión personal y filosófica propia de quien descubre un mundo nuevo, como los españoles en el siglo XVI. De ahí la importancia y la repercusión de los dos volúmenes de "La democracia en América", en particular del primero, que revelaron a los lectores de la primera mitad del siglo XIX una novedad radical, casi exótica por haberse desarrollado con un océano por medio, pero que formaba parte de ellos mismos y en la que no podían dejar de reconocerse. Tan lúcido es el análisis, que los norteamericanos se reconocieron en su obra como nunca se habían pensado a sí mismos. En apenas unos meses de estancia en su país, aquel condesito francés, de apariencia tan frágil, les había comprendido tan bien que fue capaz de poner en palabras y en conceptos la realidad que ellos habían creado.

Es lo que distingue, como se ha dicho, a Tocqueville de otros grandes liberales como Guizot o el propio Constant: la intuición certera e inapelable de la nueva naturaleza social y política de los países occidentales. Y esa naturaleza es la democracia. Bien sabido es que Tocqueville la entiende, en primer lugar, como una realidad social, lo que llamó, en un expresión destinada a la celebridad, la «igualdad de condiciones». Los también famosos primeros párrafos de «La democracia en América» revelan hasta qué punto esa nueva realidad se le impuso a Tocqueville como una cuestión religiosa, providencial, que cambiaba para siempre la naturaleza y el rumbo de las sociedades: a partir de ahí, los seres humanos no volverían a aceptar nunca –Tocqueville es muy sensible a este «nunca»– la desigualdad como principio. Los [[LINK:TAG|||tag|||6322f7841e757a32c790b56f|||Estados Unidos]] de América –la América de Tocqueville y de los propios estadounidenses– eran inventores y protagonistas de este cambio trascendental, que atañe al orden social, al político y al personal. Claro que existen en Estados Unidos enormes desigualdades, pero parten de una igualdad básica, ajena a las supuestas diferencias naturales que jerarquizaban hasta entonces el orden social.

Esa es la revelación de Tocqueville, y son bien conocidas, aunque valga la pena volver a leerlas cada cierto tiempo, las páginas en las que describe y analiza con lucidez y sensibilidad lo que eso quiere decir: en las relaciones de clase, en las relaciones humanas, en la forma de pensarse a sí mismos de los norteamericanos –es decir, del nuevo ser humano democrático–, y en todos los aspectos de la vida, incluido el arte. Y por eso Tocqueville, a contrapelo de la intuición autocomplaciente de sus compatriotas europeos, hablará del norteamericano –del norteamericano común y corriente, en particular el de la Frontera, no de las elites de Boston- como el ser humano más sofisticado de su tiempo, aquel que más adelantado estaba en el conocimiento y en la vivencia democráticas. Y es que estas son en él naturales, intrínsecas, no artificiales –en el sentido de arte: lo opuesto a la naturaleza–, adquiridas y en el fondo caedizas como ocurre en el Viejo Mundo.

Democracia y libertad

Afirmada por tanto la nueva e inevitable naturaleza de la sociedad, Tocqueville se enfrenta al problema más urgente que se le plantea, el que atañe a la libertad. Para Tocqueville la libertad es el principio mismo de cualquier sociedad civilizada, la clave de una vida digna. Y la libertad, traducida al régimen político, tiene un nombre, que es liberalismo. Por eso se proclamará «liberal hasta la médula de los huesos» y hace de la libertad, como muy bien recuerda sin tregua Eduardo Nolla, el eje de toda su vida pública y de sus trabajos de estudioso y teórico de la política.

Nolla hace bien en referirse a él, ya desde el título, como un «liberal único».Y es que Tocqueville no concibe el liberalismo sólo como la técnica política que salvaguarda la libertad en el Nuevo Mundo democrático, al modo en que lo hacen sus amigos los doctrinarios franceses, que alcanzaron aquí en España más repercusión que en su país. Más allá de la separación de poderes –una organización republicana del poder político– y más allá de la fuerza de la opinión –que no siempre se moverá por el amor a la libertad– Tocqueville busca las raíces de esa libertad, al mismo tiempo antigua y moderna, en la misma naturaleza de la sociedad democrática.

La encontrará en Estado Unidos, en parte como herencia de la cultura británica, en la tradición de «self government» de los antiguos colonos y de los hombres de la Frontera. También en la realidad de esta, que abre oportunidades sin cuento. Y la hallará además en realidades culturales que le asombran, como han seguido asombrando a cualquier europeo con un poco de sensibilidad política hasta hace poco tiempo: la densidad de la cultura asociativa y la religiosidad de la sociedad americana.

Para Tocqueville, que inventa el término y no gusta del concepto, la sociedad más individualista es aquella que mejor sabe esquivar sus peligros, por ser los norteamericanos conscientes, también desde el primer momento, de la dependencia mutua. Claro que eso no ocurre en el Viejo Mundo, donde la igualdad suscita pasiones violentas como la envidia democrática. Llevará a los europeos a conceder un poder extraordinario al gobierno –que llaman Estado– y a construir esas formas de democracia aborregada y mediocre –frailuna, las llamó Menéndez Pelayo y socialista es su título– que son aquellas en las que nos movemos, o chapoteamos, hoy en día.




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