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Bernardo Atxaga: «No hay refugio para el ser humano»

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Abc.es 
A Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) se le nota muy satisfecho con el resultado de su última novela, ‘Golondrinas’ (Alfaguara), y nos confiesa que se ha divertido mucho escribiéndola. Escrita en euskera y luego traducida por él mismo al castellano, como es habitual, ‘Golondrinas’ encierra muchas capas a través de tres partes, que tienen como eje a José Manuel Ibar Azpiazu, Urtain, el boxeador que transitó de la gloria a la ruina y la tragedia. Estructurada en tres partes, en las que pasamos desde el cementerio de Arroa Goia, en 1992, donde Urtain va a ser enterrado, hasta 2042, en el mismo camposanto, donde se ha a incinerar al pintor Pedro, que admiraba al púgil. Entremedias, en el mismo lugar, el entierro de Guillermo, apodado el Tirolés, un turbio personaje que odiaba a Urtain. Una historia que, entre la realidad y la fantasía , conocemos por la voz de un singular narrador: Uzariel, un ángel militar al servicio de Luzbel, que está en horas bajas. —Por fortuna, no ha dejado de escribir novela, como anunció tras la publicación de ‘Casas y tumbas’… —La verdad es que quizá no debería haberme lanzado a una declaración así. Pero tiene una explicación. A mí escribir me produce una enorme tensión. Cuando comienzas con un nuevo texto es maravilloso, pero luego va llegando la angustia. Fumaba muchísimo por eso, hasta que conseguí dejarlo al escribir ‘Memorias de una vaca’, obra destinada sobre todo a los niños. Sustituí el tabaco por los cacahuetes. Después de concluir una novela, me encuentro exhausto, y no quiero saber nada del mundo. Solo deseo dormir, descansar. Y en ese momento me digo voy a dejarlo. Pero luego vuelven las ganas de escribir, es lo que quería hacer desde que era adolescente. Si estoy decaído, pienso en la dinamo del pintor, como le ocurre a Pedro, el pintor, uno de los personajes de ‘Golondrinas’. Siento la energía, y empiezo de nuevo. —¿Qué le ha atraído de la figura de Urtain? —Le conocí cuando yo era niño. El levantamiento de piedras me impresionó mucho. Era un héroe muy admirado, un príncipe. Pero no he querido hacer un acercamiento convencional, ni mucho menos una biografía, del tipo más dura será la caída o juguete roto, ni contarlo de una manera naturalista. Baroja que fue médico en Cestona, lo habría contado estupendamente. Me interesaba sobre todo reflejar la historia de un hombre que se desplaza o que le desplazan. Para mí, Urtain es el símbolo del desamparo, es un hombre que va de un espacio a otro, que pierde su lugar. De alguna forma, es un niño extraviado. Un poema de Leopoldo María Panero sobre Peter Pan me lo recordó. Al final, a Urtain le abandonan todos y, en su camino hacia la nada, desemboca en su trágico suicidio, lanzándose al vacío desde el décimo piso de su casa de Madrid. —¿Cómo es su método de trabajo? —No parto de un hecho histórico o de un esquema, sino de unos hilos que pueden ir creciendo, ser uno, dos, tres… Aunque, naturalmente, un escritor no puede solo improvisar. Igual que un ferretero, debe tener muchos tornillos en el almacén. Conviene que tengas en el almacén de la ferretería tornillos preparados. Por ejemplo, si en un momento determinado ves con claridad el vuelo de las golondrinas, reunir todos los textos asociados a ellas. Yo tenía desde la pandemia casi cincuenta sobre golondrinas, y un montón de notas. Y, además, si observaba a las golondrinas, vas aprendiendo y te dan pistas, ideas… Al crear, siempre tengo en mente el gesto del pintor —tengo muchos amigos pintores—, ante el cuadro, cuando dan el paso atrás. Pintan, dan un paso atrás, miran, vuelven… y así es como he escrito este libro. No sabía a dónde iba, pero sabía que tenía que pensar mucho sobre lo que iba saliendo, sobre el dibujo que iba saliendo. El primer dibujo que salió fue el del hombre que odiaba a Urtain. Seguí, pero pensé lo que había leído de que a partir de una cierta edad un autor debe luchar por la luminosidad. Me dije, no puedo seguir únicamente el rastro del hombre que odiaba a Urtain, porque sería acabar en la oscuridad. Y entonces, por azar, me llegó un mensaje del hijo de un pintor, muy amigo mío. Pedro, el personaje pintor de la novela es un trasunto suyo. Fue tirando de los hilos, también hay que cortar algún hilo que te molesta. Tuve tiempo para cortar hilos, estaba con mi mujer en un pueblo muy tranquilo de Almería. Lo único que hacía era pasear y escribir. —Supongo que entre ese material, estaría el célebre poema de Béquer: «Volverán las oscuras golondrinas…»… —Claro, y también las variaciones ultravanguardistas que realizó Cirlot sobre esa rima. Mi madre, que era maestra, nos recitaba el poema de Bécquer. Pero tuve que elegir entre el de Josep Maria de Sagarra y el de Bécquer. Segarra me atraía mucho porque era un escritor que hacía novelas escandalosas y canciones para el mítico Paralelo de Barcelona, y a la vez tenía una gran sensibilidad y enorme delicadeza para los pájaros. Y ese hilo me convenía más. —Muy sugerente que el narrador principal sea Uzariel, un ángel militar del ejército de Luzbel… —Hay una regla que recomendaría a todo aquel que quiera ser escritor: aceptar todos los encargos, aunque te digan que hagas un texto de publicidad sobre las naranjas de la China. Todo te puede valer después. Hace mucho, acepté en la radio vasca dar mi opinión todos los lunes durante, tres, cuatro minutos sobre la actualidad. Pero puse la condición de que iba a escribir textos, no a improvisar. Había cuestiones del momento que no me interesaban. En la segunda temporada, decidí, así como que no quiere la cosa, que iba a pasar todos los fines de semana en el cielo. Entraba allí y me encontraba con personas muy interesantes para entrevistar: Baroja, el lingüista, sacerdote y escritor Luis Villasante… Yo iba con el ángel de la guarda, pero era muy bueno, entonces me acordé de un guiñol que había visto en París, y salía un diablo que armaba mucha bulla, y pensé voy a poner un diablo de la guarda que está clandestinamente en el cielo. El diablo de la guarda se hizo muy popular. Cuando empecé a escribir ‘Golondrinas’, recordé esto, aunque ahora fuera con otro tono, otra clave, y con el referente también de ‘El Paraíso perdido’, de Milton. Al principio los cuatro narradores inmateriales eran más o menos iguales, y tenían similar protagonismo. Pero si alguno de ellos está en crisis, eso me daba más juego. —En Uzariel y su crisis se produce un atractivo proceso y cada vez es más empático con los hombres… —Está solo, es otro desamparado. Me fue apiadando de Uzariel, incluso sentí por él cierta ternura. Sus compañeros, mucho más crueles, le desprecian. Aunque no olvidemos que también entre los seres humanos hay crueldad, como en el personaje de Guillermo, el Tirolés, que odia a Urtain. De joven, trabajé en un banco y esa experiencia de lo que vi allí, de aquellos polvos vienen estos lodos, me vino muy bien para hablar del mundo turbio del molino, del rey de los bonos… Alguien me contó que en el piso de arriba de una pastelería había lo que no te podías ni imaginar, como sucede en el molino. —Y nosotros le vamos sintiendo más cercano, y como él, que ha perdido parte de su clarividencia y poderes, comprobamos que la verdad nunca se sabe del todo… —La realidad es impenetrable, con el lenguaje da la sensación de que al describirla la puedes conocer. Puede que sea en el caso de la realidad objetiva, más o menos el mundo físico. Pero no el mundo mental, espiritual…. —La literatura nos ayuda en esa opacidad… —Creo que la ficción puede ser la mejor forma de conocer la realidad. Y, sobre todo, resulta complicado conocer a las personas. La ficción revela, más que la psicología. Y para el conocimiento, considero que es esencial leer poemas. Mi relación con el paisaje vasco empezó con la lectura de niño de un poema de Dylan Thomas: «Otrora cuando yo era joven y libre bajo los manzanos…». Que no se lea poesía es mala señal. La poesía necesita del lector, que la lleve a su propia vida, y de una vuelta por su interior. Y hoy para mí el principal peligro y enemigo de la literatura es cierta literatura. La literatura cómoda, del lugar común, convencional, comercial… —Las golondrinas encierran múltiples significados, símbolos… Me ha llamado la atención especialmente cuando leemos que las golondrinas «no son sensibles ni nobles. No se relacionan con nadie. No escuchan. Son seres híbridos materiales e inmateriales al mismo tiempo»… —Hay un asunto esencial que está en la base: la indiferencia. Recuerdo un poema donde alguien se quiere acercar a un pájaro, pero el pájaro no quiere saber nada. La golondrina no sufre, sigue volando. En el ‘Infierno’ de Dante están los indiferentes, los insensibles, que van corriendo de un lado a otro. —De alguna forma también subyace la soledad y el desamparo del ser humano en general. Uzariel se pregunta cómo dejó Dios, a quien llama el Tirano, solo a Urtain aquel fatídico 21 de julio de 1992, cuando se suicidó. Y le reprocha que no es, como se dice en el salmo 91, refugio ni coraza. Y sentencia Uzariel: «¡Qué cinismo! Porque ¿quién es más cruel? ¿aquel que se presenta francamente como enemigo o el falso que da esperanzas vanas a los seres materiales? »... —Sí. Le pregunté a un amigo teólogo qué pensaba de esto. Muchas veces al hombre le cerca la soledad, y se queda entre Dios y Luzbel, sin que nadie le proteja o ayude, y no tiene refugio posible. Y a Uzariel, un ángel militar muy singular, le preocupa esto y podría decirse que llega a sentir una cierta compasión por el hombre. —También ‘Golondrinas’ tiene algo de novela policiaca, de intriga, hay está el personaje del librero aficionado al género, pero empleando la ironía… —Actualmente en la narrativa está muy de moda el qué pasa luego, que es lo más primario, ya lo dijo E.M. Forster. Era difícil renunciar a la intriga, pero decidí que debía contemplar ese recurso con ironía. —¿Seguirá escribiendo novelas? ¿Tiene algún proyecto entre manos? —-De un tiempo a esta parte miro mucho la fotografía con los 38 niños que estábamos en la escuela de mi pueblo, tomada a finales de la década de los cincuenta del pasado siglo. He pensado en hacer un libro sobre qué había sido de ellos, cómo se había desarrollado su vida. De algunos sé algo, pero a otros les he perdido la pista. No me interesa escribir sus biografías, sino por ejemplo por qué alguno dejó de estudiar. Y entonces surge el tema de la distancia. Yo para ir al colegio salía a las seis de la mañana y llegaba a más de las ocho al aula. Esa distancia, si tu madre no es maestra, como era mi caso y estaba empeñada en que yo estudiara, es casi no pocas veces un obstáculo insalvable.



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