El jueves pasado, en La Maestranza, sobraron las crónicas porque el texto se escribió sólo con dos objetos: una silla que cae al albero y una puerta que la Policía Nacional se niega a abrir, pero lo verdaderamente sevillano ocurrió después. Mientras en la presidencia se ponderaba si dos pinchazos consienten oreja –no consienten jamás; fue uno de esos raros días en que los técnicos tenían razón–, una muchachada en vaqueros y zapatillas saltó al ruedo para levantar en hombros al torero y conducirlo, con más euforia que agrimensura, hacia la Puerta del Príncipe. Allí esperaba un cordón policial, que no es tribunal estético pero también interpreta reglamentos. No se abrió. A las ciudades les conviene que de vez en...
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