La pintura polivalente de Marisol Escobar, la artista que se adelantó a Warhol, en Santander
Del Nueva York ecléctico de la década de los 60, la imagen que más se proyecta es la de las latas de sopa Campbell que Andy Warhol inmortalizó. No obstante, antes de que el de Pittsburg llenara artículos de la prensa especializada con su “pop art”, hubo una joven migrante que ya había acaparado espacio en publicaciones prestigiosas, como “Life".
Marisol Escobar nació en París pero sus orígenes eran venezolanos, y durante su infancia se mudó a Estados Unidos, lo que creó en ella un crisol de sentimientos identitarios que, probablemente, estén muy relacionados con su deseo de que su obra no fuera catalogada dentro de ninguna corriente cultural. Fallecida en 2016, aunque el trabajo que le valió el mayor reconocimiento a lo largo de su vida fue la escultura, el Centro Botín en Santander ha decidido dedicarle la primera exposición mundial a sus proyectos pictóricos. “El dibujo es una de nuestras líneas de investigación como museo, y Marisol, a pesar de su fama escultórica, se dedicó también a la pintura desde sus inicios”, explica Bárbara Rodríguez Muñoz, directora de exposiciones y colección de la galería cántabra.
“Marisol. Cuando todo está por comenzar” propone un paseo a través de siete salas para conocer un poco mejor los divergentes motivos de esta polifacética figura que irrumpió en la Gran Manzana y cató el triunfo. De hecho, conoció a Warhol en el 62 y se hicieron amigos, saliendo como protagonista en varios de sus videoartes, y algunos forman parte del recorrido.
Suicido de su madre
Marisol, sin confundirla con nuestra Pepa Flores, fue siempre muy recelosa de su intimidad, y hasta los años 70 no empezó a hablar de sus creaciones con los medios, por lo que sus cuadros presentan una variedad de temáticas que hace imposible situarlos en un movimiento concreto. Sin embargo, visualizando varios de sus óleos, se observan algunos nexos comunes que nos especifica Laura Vallés Vílchez, comisaria de la exposición: la policromía, la maternidad y los lazos familiares. Estos estamentos cobran aún más sentido cuando se investiga un poco sobre la desgraciada situación que tuvo que vivir con tan solo once años: el suicidio de su madre. A pesar de que nunca expresó el duelo a través del arte, unos dibujos representando a un ángel podría ser una forma, no comprobada, de afrontar el dolor.
Esa traumática experiencia probablemente le condicionó vitaliciamente, creando una personalidad inconformista que le hizo empaquetar sus pertenencias en varias ocasiones. Vallés Vílchez divide su obra en tres desplazamientos. El primero se dio a finales de los años 50, dejando Nueva York para pasar una época en Europa. Al volver a Estados Unidos, vive su mayor éxito, llegando a representar a Venezuela en la Bienal de Venecia del 68. Sin embargo, en ese año, cuando todo parecía ir sobre ruedas, y ante la sorpresa de su entorno, volvió a abandonar el país. La comisaria considera que fue debido al clima de inestabilidad social que atravesaba el Estado, marcado por la Guerra Fría y la contienda en Vietnam.
Así, pasó una temporada por el sudeste asiático. Allí descubre sociedades alejadas de lo Occidental que le causaron envidia, lo que inclinó su arte a un tono más relajado, con pinturas con paisajes marinos. Estos tienen una estancia reservada, con sus paredes pintadas de turquesa para una mayor mimetización. “La ausencia maternal no la llega a superar nunca, pero en la naturaleza encontró la paz”, considera la responsable de la exhibición.
Tras su última vuelta a la nación norteamericana, sus proyectos se vuelven mucho más reivindicativos, defendiendo a las comunidades indígenas (como en la escultura “Indian”) o el aborto. Llegó a diseñar tallas de varios líderes internacionales, tales como Charles de Gaulle o, incluso, Franco, aunque siempre como caricaturas, lo que da pistas de su carácter paródico.
Ese retorno fue el último de su carrera. No obstante, la organización señala un tercer y último viaje, que fue cuando, a pesar de no coger un avión, su mente se desplazó a un lugar desconocido. En 2006 fue diagnosticada de Alzhéimer. Sin embargo, la pintura le siguió acompañando en este último trecho vital. Sus láminas ahora eran abstractas, señal de que la fuerza para crear era menor, pero no inexistente. En ellos, aparece retratada una mujer, entendida como su cuidadora.
Marisol (se la denomina así porque llegó a renunciar al apellido de su padre, con el que perdió relación) luchó durante décadas para no ser “la latina” o “la artista folk” que muchos periodistas usaron para describirla, extractos que también recoge el Centro Botín en una vitrina. Esa neutral posición paradójicamente la ha llevado ahora a que su arte pueda ser degustado frente a la cornisa cantábrica desde este sábado hasta el próximo octubre. “Todo está por comenzar”, como dice el título escogido.
