Rafa Jódar pierde en Roland Garros, pero también gana. Cae ante un Alexander Zverev soberbio, muy seguro, muy firme, muy capaz, muy maestro, y ya conoce por eso los límites de su propio aprendizaje. Ha llegado a cuartos de final, en su primer Grand Slam parisino, en su segundo Grand Slam de su carrera, y ha dejado la huella, la ovación, la admiración y el respeto entre aficionados y rivales. Ya saben quién es Jódar, y quién será, porque son seis meses recién cumplidos de carrera y ya está aquí, peleando de tú a tú con el número 3 del mundo en la Philippe Chatrier para un 7-6 (3), 6-1 y 6-3 en dos horas y 25 minutos. Es todavía muy superior este Zverev, pero no tardará mucho en volver a esa plaza un Jódar más entero, más crecido, mejor. Y ahí, el futuro es suyo. Por el momento, el presente en este torneo es del alemán, que jugará su quinta semifinal en París. La primavera parisina por fin se instaló en Roland Garros. De las altísimas temperaturas de la primera semana, a la lluvia incesante que obliga a la organización a cerrar el techo para estos cuartos de final. En el inicio, pues, pista un tanto pesada, con tierra algo húmeda a la que se tienen que acostumbrar ambos jugadores, que ya de primer juego, ocho minutos, hay dos opciones de rotura para el alemán y bravura del español para levantarlo todo. Es su primer Roland Garros, es su primera vez en unos cuartos de final de un Grand Slam, es su primera vez en la Philippe Chatrier, es la primera vez contra Alexander Zverev, pero a Jódar todo eso le da igual y se mueve sobre la pista y contra el rival como si llevara diez años en esta situación. Se adueña de la pista, aprieta desde el resto y logra dos bolas de rotura. Esto será largo, pero es una puesta en escena que inquieta al alemán, al que muchas veces le ha pesado la presión de ser el favorito, y al que le cuesta cerrar su primer juego otros ocho minutos. Lo inquieta porque es un Jódar sin miedo, que resta como pocos los misiles a 220 kilómetros por hora de Zverev, con la pelota volándole a mil revoluciones desde el fondo, con las ideas clarísimas, dos turnos de saque en blanco y otras dos bolas de rotura con una derecha paralela que parece un relámpago, una volea llena de rabia y una rotura con otra derecha abierta inapelable que es una tarjeta de presentación incuestionable: voy a por todas. Esto será largo, pero le sale todo a Jódar, da igual dónde esté situado en la pista, da igual qué golpe le fuerce el rival, da igual si necesita el saque o una derecha paralela o una cruzada o un revés. Siente la pelota como otro Rafa en esta pista, cuya huella sigue ahí, indeleble en un lateral e impregnado en las paredes de esta pista. Y se nutre el otro Rafa de esa sensación, porque consigue desequilibrar al Zverev en ese sexto juego y confirmar la rotura con más solvencia todavía. Tanta la euforia con el 5-2, que la adrenalina le pasa la factura, y a Zverev le empieza a surgir la experiencia. Más paciencia, más control, más pendiente de que el inexperto sepa lo difícil que es estar ahí. Tres errores y un acierto del alemán le otorgan la rotura, y por fin el saque lo mantiene en el set al número 3 del mundo. Doce puntos consecutivos. Es un 5-5, y Zverev saca los recursos: cambios con el revés, subidas a la red, dejadas que ya salen bien, pero no hay atisbo de miedo ni dar un paso atrás en Jódar. Pero el 'tie break', el lance en el que deriva el set, sale a jugar la experiencia. Compacto, con confianza, cerrando muñeca y dientes, Zverev aprieta con estas nuevas armas que enseña por fin en este Grand Slam después de un proceso de reconstrucción: alternancia del juego, voleas, más dejadas que nunca, 35 ganadores y una confianza que desarbola a Jódar. Un recital que pone a merced de ese final de primer set y en el segundo. De carrerilla un primer 'break' y un segundo y otros dos juegos muy contundentes que minimizan la entereza y la bravura del español, que, sin embargo, deja huellas para el futuro. Y qué huellas. Una derecha descomunal y un abanico de detalles que se han ganado el respeto de los rivales y el cariño del público allá por donde ha pasado. No obstante, era el momento de Zverev, que tiene en su mano el partido, el control, la confianza, la derecha alta y profunda, el revés letal, el saque preciso, y la agresividad para apabullar al Jódar hasta el 6-1. Le sale todo ahora al alemán, ligero de presiones, enfocado en esta oportunidad, pero sin pasarse de frenada, que sabe que Jódar tiene muchas cosas y que todavía dará guerra. Sabe bien Zverev que esto puede ser largo, pero ya no especula. Admite que el español le hará jugar, pero ya no le hace daño, se afianza sobre sus palancas y sus piernas, y también sobre su veteranía, su haber pasado por aquí muchas más veces, que aquí juega todo. Domina Zverev el inicio el tercer set, pero se suelta Jódar con un juegazo de valentía y constancia para cortar la racha negativa, siete juegos consecutivos en contra, y sumar alivio y ánimos. Se aguanta con sus turnos de saque y espera su momento. Quizá pueda encontrar el gran nivel de la primera hora, quizá a Zverev le entre alguna duda. Pero no cede el 3 del mundo, rozando un 80 % de primeros saques, muy metido en pista, y en el partido, sin reblar ni temblar, ni aun cuando afronta una bola de rotura que resuelve desde las alturas: tres primeros servicios descomunales y a por el último juego, al resto, donde demuestra lo que todavía le queda por crecer a Jódar. Marea y marea al español, que ya no encuentra el modo de volver a su tenis y concede que sí, que le queda por crecer, pero qué mejor manera que en unos cuartos de final de un Grand Slam, de Roland Garros, en la Philippe Chatrier, con 19 años, contra el 3 del mundo, en su primeros seis meses de profesional.