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¿Puede España continuar sin paraguas nuclear?

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Las armas de destrucción masiva, en concreto las nucleares, son el culmen de las políticas de disuasión y negociación. Desde 1945, los estados que han logrado desarrollar, primero armas atómicas y, luego, termonucleares (derivadas de la Bomba H) son los que han podido imponer sus condiciones y, sobre todo, ver cumplidas sus metas. Por tanto, la geopolítica presente no puede entenderse sin comprender exactamente ese punto: quien tiene armas nucleares puede sentarse a la mesa de negociaciones, quien no las tiene corre el riesgo de no ser tomado en serio o de ser obligado a aceptar unas condiciones injustas para sus propios intereses.

Así surge la gran pregunta en estos tiempos: ¿necesita España armas de destrucción masiva? De manera histórica, nuestro país ha tanteado el poseer un pequeño arsenal atómico una única vez. Esta política que no llegó a cuajar se produjo durante la segunda etapa del franquismo, a partir de la década de los sesenta. Intenciones y pruebas quedaron englobadas en lo que se conoció como el Proyecto Islero, nombre dado en honor al miura que mató al famoso torero Manolete en agosto de 1947. A finales de la década, el plan se abandonó y se cerró definitivamente en época democrática.

Dicho esto, la posesión de tales armas es una gran responsabilidad para el país que las tiene. Las ojivas de tipo nuclear son herramientas de destrucción masiva, lo que significa que superan a sus primas atómicas. Porque no son dos desarrollos iguales.

Las armas atómicas, a pesar de su poder de destrucción, son limitadas. Mientras que las de clase termonuclear pueden arrasar una ciudad entera y decenas de kilómetros cuadrados sin ningún problema. El doctor J. Robert Oppenheimer, prominente físico y uno de los padres de la bomba atómica, no tuvo reparos en considerar las bombas termonucleares como «armas genocidas».

Aunque el famoso Oppenheimer no se equivocaba, el mundo está dominado hoy por esta clase de armas y España es consciente de ello. Para responder a la pregunta de si el país debe obtener esta clase de material hay que analizar cuál es su papel en el entorno geopolítico.

España ha demostrado ser en el último año una figura clave en ciertos asuntos. Por ejemplo, oponiéndose a todo lo que ocurre en Israel aplicando un embargo de armas y, luego, impidiendo que las bases estadounidenses en la península sean utilizadas para la reciente guerra en Irán. Son casos interesantes, porque España ha arrastrado a países de la Unión Europea a adoptar posturas similares. Si bien no se puede negar que España ha dado un pequeño golpe en la mesa, sus acciones no han afectado al conjunto de acciones globales.

Desde otra óptica, la situación se torna peliaguda. La Rusia de Putin ha supuesto un gran reto para la seguridad europea. Pese a que en ningún caso se ha mostrado intenciones de invasión de la UE, no deja de ser un competidor directo con el que habrá que terminar negociando en el futuro. Estados Unidos era un país «aliado», el paraguas protector del Viejo Continente. Ahora se muestra reticente, molesto y poco fiable para los socios europeos con Trump al frente. Sus constantes amenazas con invadir Groenlandia o con imponer duros aranceles no deben ser obviadas.

Por último, y más importante, se encuentra China, que poco a poco está conquistando todos los mercados expandiendo su influencia. Los tres son potencias reconocidas y, además, cuentan con vastos arsenales nucleares.

Teniendo en cuenta, primero, que España busca (o ha buscado) interceder a nivel internacional para transformar ciertas decisiones que se han tomado respecto a Israel o Irán, y segundo, que hay actores globales muy poderosos que no dudarán en hacer uso de esa disuasión para imponerse, entonces sí, necesitamos de armas de destrucción masiva. Si España pretende continuar con esa apuesta de proyección internacional, más pronto que tarde se encontrará con un muro frente a estados que posean mayor y mejor armamento.

Asimismo, si es amenazada por uno de esos estados deberá tener herramientas con las que poder negociar en igualdad de condiciones. El entorno de Donald Trump ha dudado de la soberanía española en Ceuta y Melilla. La administración estadounidense se ha obsesionado con Groenlandia, pero ¿quién dice que no puedan fijarse en Canarias?

Ahora bien, la decisión estratégica de desarrollar armas termonucleares debe ser sopesada con una reflexión consciente de lo que significa. Estas herramientas de disuasión son una responsabilidad máxima que trae consigo también peligros. No pueden ser utilizadas desde una óptica ofensiva. Deben ser garantes de la defensa nacional y sus intereses, que deben ser bien definidos. Solo de esta manera tiene sentido la gran apuesta que representan.




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