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Jesús Bel, el cura que vive con presos: «He visto a gente sin remedio, muy mala, dar un giro de 180 grados»

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Abc.es 
Nada más empezar nuestra conversación, el padre Jesús Bel (Zaragoza, 1964) deja caer un par de referencias neotestamentarias a modo de advertencia contra la tentación de creernos mejores; serán las primeras de muchas, porque este sacerdote reparte parábolas con la misma liberalidad que reparte absoluciones. Para este cura, que atiende a ABC antes de recibir al Papa León XIV en el centro penitenciario Brians 1 -su «pequeña parroquia», como la llama él-, la cárcel es apenas un «resumen» de otras cárceles que hay en la calle, como pueden ser una adicción, el odio o la avaricia: «Fuera hay muchas personas que viven encadenadas sin saberlo». También le vale aquello de «que tire la primera piedra el que esté libre de pecado» (Juan 8:7) o aquel pasaje sobre la paja en el ojo ajeno (en Mateo y Lucas). «O sea, que hay muchas formas de ser asesino», insiste. Y sabe de lo que habla, porque este sacerdote se ha pasado cuarenta años viviendo –a veces literalmente- entre homicidas, violadores, atracadores y toxicómanos. La historia de su vocación es «muy aburrida». De niño sintió la llamada y se apuntó al seminario menor de los Mercedarios porque por su pueblo (San Mateo de Gállego) pasó un cura que venía haciendo proselitismo. «Podría haber pasado un agustino», pero «las cosas de Dios», zanja. Fundada allá por el siglo XIII , la Orden de la Merced es célebre por ese cuarto voto que les obligaba a intercambiarse por esclavos en tierras musulmanas. Ahora no hay cautivos cristianos que liberar, pero sí lo que Bel llama «esclavitudes modernas»: trata de blancas, analfabetismo, marginación extrema y, por supuesto, cárceles. Desde que se ordenó en 1986, ha pasado por presidios de Lérida, Valencia, Barcelona y, sobre todo, Venezuela, país en el que estaría 24 años pastoreando ovejas en algunos de los penales más infames del planeta, como la Cárcel de Sabaneta o Tocorón. Con sus formas de buenazo, cuesta imaginarlo en esos lugares tomados por la corrupción, la violencia y las mafias. Cuenta que los presos se paseaban por el recinto con fusiles de asalto (sobre todo, AK-47 ) e imponían sus normas, aunque por alguna razón misteriosa a él lo respetaban: «Al pasar por mi lado escondían las armas». Le preguntamos si ha estado en algún tiroteo y casi se echa a reír: «En más de uno y más de tres». Y sobre si ha tenido miedo, zanja que no «de forma excesiva» y ni él mismo sabe explicar por qué: «Cuando había alguna pelea entre mafias y empezaba la balacera, me echaba cuerpo a tierra como todos los demás». La única vez que tuvo «un poco de miedo» fue un domingo en la cárcel de Tocorón, en Venezuela. Oficiaba una misa en el patio, sobre una cancha de baloncesto, cuando se desató un tiroteo entre bandas rivales, «y como la cancha estaba un poquito elevada, las balas nos pasaban por encima», rememora. Y de repente, dos presos se arrastraron hasta él para cubrirlo con sus cuerpos, uno a cada lado. Bel les impeló a ponerse a cubierto, sin éxito; lo único que alcanzó a escuchar fue «Padre, usted sale vivo de aquí» . No volvió a saber de aquellos dos «ángeles», que para él son prueba de que Cristo también está en las prisiones. Le pedimos otra anécdota, y nos cuenta como, estando ya en España, se enfrentó a una presa que le insultaba y blasfemaba cada vez que lo veía. ¿Que qué había hecho? Era atracadora, pero eso no es importante sino el hecho de que Bel estuvo cerca de tirar la toalla, hasta que un superior le dijo: «¿Tú también vas a abandonarla?» . La frase lo desarmó, así que volvió un día, y otro y otro, porque «se necesita paciencia para que un corazón de piedra se haga carne», añade. Pasaron años, no nos dice cuántos, pero el caso es que aquella mujer acabó siendo una «catequista, esposa y madre ejemplar». Los mercedarios no dan a nadie por perdido y jamás -«¡jamás!», insiste el párroco- preguntan al reo por el delito que ha cometido, como tampoco Cristo le preguntó al buen ladrón por qué estaba crucificado junto a él, antes de prometerle que ese mismo día estaría en el Paraíso. Y todo esto no significa que nuestro entrevistado desprecie los remedios humanos, como la terapia o la atención psicosocial, que de hecho considera fundamentales. Solo relata su experiencia; ha visto a personas «malas, muy malas» dar giros de 180 grados «y la razón es Cristo». Sobre la visita del Papa, nos dice que recibieron la noticia «con mucha ilusión», que están «emocionados». Cuando terminamos la entrevista son casi las once de la noche y el padre Bel, que –por cierto- vive con nueve presos que están en libertad condicional o de permiso, aún tiene que hacer «la ronda» por las habitaciones. Tiene 64 años, mañana madruga para repartir absoluciones en Brians.



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