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Июнь
2026

Laura Fernández y una rana a fuego lento

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Nuestra presidenta hace que uno pierda mucho más que la fe en un buen gobierno: también se pierde la capacidad de asombro. Con ello, se obtiene una horrible sensación: la vergüenza ajena.

Si alguien no conocía esa emoción (sentir pena ajena), seguramente la vivió el pasado 13 de junio. No fue un día cualquiera para los costarricenses que nos preciamos de amar la democracia y respetar a nuestros hermanos nicaragüenses. Ese día pasará a ser uno de los más oscuros en nuestra relación con quienes han sufrido las consecuencias de la tiranía de un gobierno que, a todas luces, no fue el que eligieron los nicaragüenses, como tristemente y de la manera más indolente e inconsciente afirmó nuestra presidenta.

Han pasado ya varios días desde aquella entrevista con NTN24, en la que Laura Fernández habló de los problemas internos de Nicaragua y de la forma de gobierno que sus habitantes “han elegido tener”.

Sin embargo, dejar que el episodio se diluya entre las noticias recientes sería un grave error. El populismo se alimenta, precisamente, de nuestra corta memoria: lanza una frase, provoca indignación, espera unos días y, cuando la atención pública se desplaza, deja instalada una nueva idea.

Daniel Zovatto lo señaló con absoluta claridad: “No fue un error de forma. Fue un grave error de fondo”. La presidenta, además de legitimar al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, borró de la escena el fraude electoral, la persecución de opositores, defensores de derechos humanos y periodistas, el cierre de medios y de organizaciones civiles, el destierro, la concentración absoluta del poder y las denuncias de represión contra disidentes, incluso fuera de las fronteras nicaragüenses.

No se trató únicamente de una frase desafortunada. Las palabras presidenciales ayudan a determinar qué ideas pueden decirse, discutirse y, finalmente, aceptarse en una sociedad.

Eso es, en términos muy sencillos, la ventana de Overton: el espacio en el que ciertas ideas llegan a considerarse normales o políticamente aceptables. Esa ventana puede desplazarse poco a poco: primero, se repite una afirmación inicialmente escandalosa; luego se debate como si representara una posición respetable; después se relativiza y, finalmente, termina aceptándose como parte natural del paisaje político.

Primero, se dice que los nicaragüenses tienen “el gobierno que han elegido tener”. Después se argumenta que, por ser una decisión popular, nadie debe cuestionarla. Más adelante se concluye que la estabilidad económica justifica la restricción de libertades. Al final, la dictadura deja de llamarse dictadura y se convierte simplemente en una “forma de gobierno”. Cada frase eleva la temperatura poco a poco.

La conocida metáfora de la rana colocada en agua que se calienta lentamente –experimento zoológico más que discutible– sirve para entender el peligro político.

Ante un cambio brusco, la sociedad reacciona. Pero cuando el deterioro ocurre gradualmente, termina acostumbrándose. Un día se ataca a la prensa; otro, se desacredita a los jueces; después, se presenta a las universidades, a los sindicatos, a los opositores o a los organismos de control como enemigos del pueblo. Nada parece suficiente por sí solo para provocar una ruptura. Sin embargo, la temperatura continúa subiendo.

Por eso, las palabras de Laura Fernández también pueden escucharse como una inquietante premonición. Algún día, si permitimos que el autoritarismo avance y termine por instalarse en Costa Rica, alguien podría decirnos, con la misma indiferencia: “Este es el gobierno que ustedes eligieron tener”.

Haber ganado unas elecciones no autoriza a destruir los límites constitucionales, debilitar las instituciones o reducir los derechos de quienes votaron de manera diferente. La democracia no es solo contar votos. Es también división de poderes, libertad de expresión, respeto a las minorías, elecciones íntegras, rendición de cuentas y posibilidad real de sustituir a quienes gobiernan.

Y aquí aparece el peligro de las profecías autocumplidas: si se repite que la voluntad de una mayoría lo justifica todo, las instituciones pueden comenzar a retroceder. Si se insiste en que resistir es inútil porque “el pueblo ya decidió”, muchos ciudadanos optarán por guardar silencio. Si aceptamos que un triunfo electoral constituye un cheque en blanco, terminaremos aceptando un autoritarismo que creíamos imposible.

No es necesario suponer una conspiración secreta. No. La estrategia está a la vista: frases sueltas, provocaciones aparentemente espontáneas, ataques dosificados, relativización de principios y una narrativa populista que divide a la sociedad entre un pueblo supuestamente puro y quienes son señalados como sus enemigos. Así se desgastan las defensas democráticas, sin derribarlas de un solo golpe. Moisés Naím lo resume de manera contundente: “La democracia no desaparece de golpe; primero se vacía por dentro”.

No podemos permitir que eso ocurra en Costa Rica. La frase presidencial del 13 de junio no debe desaparecer del escenario público: cada silencio nuestro puede interpretarse como un grado adicional de tolerancia. No podemos acostumbrarnos a escuchar que las víctimas eligieron a sus victimarios, ni aceptar que la estabilidad económica exonera a una dictadura de sus crímenes.

La rana de la metáfora puede no advertir el aumento de la temperatura. Nosotros sí tenemos termómetro, memoria histórica e instituciones que todavía podemos defender. La pregunta es si reaccionaremos a tiempo o si, cuando finalmente comprendamos lo sucedido, alguien nos dirá que ese fue precisamente el gobierno que elegimos tener.

juan.romero.zuniga@una.ac.cr

Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.




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