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Los herederos de Dick el Carnicero

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Durante años, una de las frases más famosas de “Enrique VI”, de William Shakespeare, se ha repetido hasta el cansancio: "Lo primero que hagamos, matemos a todos los abogados." Muchos la citan como una burla hacia los juristas. Shakespeare quiso decir exactamente lo contrario.

La frase no la pronuncia un rey sabio ni un ciudadano ejemplar. La dice “Dick el Carnicero”, lugarteniente de “Jack Cade”, el caudillo populista que encabeza una revuelta contra el orden establecido. No era casualidad. Los abogados representaban el mayor obstáculo para quien pretendía gobernar sin límites: eran los guardianes del Derecho y de la carta magna frente al poder. Quizá por eso resulta tan familiar escuchar hoy a ciertos influencers y opinadores cercanos al oficialismo convertir a magistrados y al fiscal general en los nuevos enemigos del pueblo.

Shakespeare comprendió algo que sigue siendo cierto cinco siglos después: quien quiera destruir un Estado de derecho no empieza por los tribunales. Empieza por desacreditar a quienes conocen y defienden la ley. Sin abogados independientes no existen jueces libres, la propiedad deja de estar segura y el ciudadano queda solo frente al poder.

Pero Shakespeare no había terminado. Jack Cade revela entonces su verdadero proyecto: “¡Echaos a andar, quemad todos los registros del reino! Mi boca será el parlamento de Inglaterra".

En esas dos frases del bardo de Avón condensó el manual del autoritarismo. Primero desaparecen quienes conocen el Derecho. Después se destruye la memoria jurídica. Finalmente, la ley deja de debatirse en el Parlamento y empieza a salir de la boca de un solo hombre. No escribió una crónica del siglo XV. Escribió una advertencia para todos los siglos.

Mismo libreto

En Costa Rica ya conocemos ese libreto. Ayer el enemigo era la prensa. Hoy parecen ser la Corte Suprema, los magistrados, el fiscal general y cualquier institución que recuerde que la Constitución también impone límites a quienes ganan las elecciones.

La estrategia nunca cambia. Cuando una decisión incomoda al poder, el problema deja de ser la sentencia y pasa a ser el juez; deja de ser la investigación y pasa a ser el fiscal; deja de ser el control y pasa a ser quien controla. El objetivo no es ganar un debate jurídico. Es convencer a la ciudadanía de que toda institución independiente ha dejado de servir al pueblo. Porque una vez destruida su credibilidad, destruir su independencia resulta mucho más fácil.

Shakespeare también entendió que los populistas nunca confiesan que buscan el poder. Siempre dicen actuar en nombre del pueblo. El pueblo es el argumento; el poder, el objetivo. Por eso los enemigos cambian, pero el método permanece. Ayer fue la prensa. Hoy son los jueces. Mañana será cualquier institución que conserve suficiente independencia para decirle “no” al gobernante.

Las democracias no suelen morir el día en que se cierran los tribunales. Lo hacen mucho antes, cuando la sociedad empieza a aplaudir a quien los desacredita. Entonces la ley deja de verse como una garantía y pasa a percibirse como un obstáculo; los jueces dejan de ser árbitros necesarios para convertirse en enemigos; y la Constitución deja de ser el límite del poder para convertirse en el enemigo de quien quiere ejercerlo sin límites.

Como en la obra de Shakespeare, tampoco faltan los Dick el Carnicero de nuestro tiempo. Abogados recién descubiertos, y ahora opinadores profesionales, también influencers convertidos en asesores legislativos que, por unas pocas monedas, han decidido que la mejor forma de servir al poder consiste en desacreditar a quienes lo limitan. Son ellos quienes preparan el terreno para que, tarde o temprano, alguien diga: “Mi boca será el Parlamento de Costa Rica”.

Sin embargo, Shakespeare todavía guardaba una última advertencia. Cuando en la obra quedó al descubierto que Jack Cade había inventado su supuesto linaje noble, Dick el Carnicero no pidió pruebas ni rectificó ni le importó la realidad. Respondió con una frase que atraviesa cinco siglos de historia: “Sí, es demasiado cierto; por lo tanto, él debe ser el rey”.

Esa es la esencia del fanatismo. La verdad deja de importar. Ya no interesa si un ataque contra la Corte es justo o injusto, si una acusación contra un magistrado tiene fundamento o si el fiscal general cumple simplemente con su deber. Basta con que el caudillo lo afirme.

Todas las autocracias necesitan un Jack Cade. Pero ninguna sobrevive sin suficientes Dick el Carnicero dispuestos a repetir que, aunque el sentido común y la realidad digan otra cosa, "debe ser el rey“.

caa@carguedas.com

Cristian M. Arguedas A. es abogado.




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