Las chicharras que cantaron luz
Postes de madera pintados de rojo… sobre ellos, lámparas con arcos de carbón que, al encenderse, sonaban como centenares de chicharras. Todo aquello, bajo una sombra redonda de hierro negro. Así lucían aquellas lumbreras preparadas para hacer historia.
Era una tarde de sábado… de un día como hoy, 9 de agosto, pero hace 142 años.
San José… decían algunos, iba a convertirse en la tercera ciudad del mundo en tener alumbrado público eléctrico. Pero aquello no era cosa que se creyera fácilmente.
Por eso, desde Heredia, Alajuela, Cartago y muchos lugares del país, llegaron, como en romería, decenas de personas a hacer escrutinio: “No fregués… ahí, en esos cables, lo que hay es un tubo de kerosén que enciende una candela en cada poste. A mí con cuentos de que esa lámpara se enciende sola”.
No era fácil creer en la electricidad.
Próspero Fernández, el presidente, se vio en el espejo y comprobó la elegancia de su traje. Estaba a punto de salir al balcón de su casa, acompañado de sus ministros, para presenciar el momento justo en el que una lámpara, ubicada estratégicamente frente a la vivienda, comenzara a soltar chispas para alumbrar la historia.
Entretanto, a pocas cuadras de allí, los artífices del proyecto ultimaban detalles, escondiendo en la bolsa de sus sacos el movimiento nervioso de sus dedos.
Uno de ellos, Manuel Víctor Dengo, con su peluda barba, que le colgaba de los cachetes como dos pequeños nidos de oropéndula, miraba con sus ojillos despiertos la rueda Pelton, de 75 caballos de fuerza, y el dínamo Thompson Houston de 50 kilovatios, que eran el pulmón y el corazón de aquella locura pionera en Centroamérica: la planta hidroeléctrica de barrio Aranjuez, alma y vida de la Compañía Eléctrica de Costa Rica.
Dengo siempre había sido inquieto: una década atrás, había patentado dos máquinas para quebrar y secar, trillar y pulir los granos de café.
Ahora quería darle luz a San José, sin que tuvieran que encenderla y apagarla los serenos, esos rutinarios y precisos personajes, vestidos de riguroso azul oscuro, que vigilaban, y daban la hora, y el reporte del clima, cada hora de la noche por las calles de la capital.
El socio de Dengo, el guatemalteco Luis Batres, sacó al ingeniero de sus cavilaciones con un leve codazo: “¿Estamos listos?”.
–Más que listos, socio. Ya quiero ver la cara de los josefinos cuando comprueben que cada una de estas lamparitas contiene la luz de 1.500 candelas. Hoy haremos historia, como hace dos años lo hizo Thomas Alba Edison, en Nueva York, iluminando, con 14.000 bombillos, unos 900 edificios.
–Bueno, Dengo… tampoco exageremos. Aquí, en San José, serán 25 lamparitas.
–No me le bajés el piso al logro, Batres. Nuestras 25 lamparitas en San José equivalen a las 14.000 de Nueva York.
Ambos rieron de buena gana. El sol caía allá, por detrás del Hospital San Juan de Dios. La gente ya se agolpaba a lo largo de la ruta de los postes y los cables, desde el parque La Laguna (hoy, parque Morazán), bajando por la avenida de los Damas y doblando hacia la iglesia del Carmen en dirección al parque Central.
La banda militar empezó a marchar a lo largo del recorrido. Batres, Dengo y el presidente Fernández vieron casi simultáneamente el reloj. Eran ya las seis de la tarde.
Y entonces… como una oleada de chicharras que comenzaran a cantar, los arcos de carbón de las lamparitas empezaron a emitir luz. Una exclamación de asombro se escuchó en coro a lo largo del recorrido. Varios se persignaron, otro tanto abrió la boca, varios se abrazaron y no faltó quien apartara la vista y rezara un padrenuestro.
Algo tiene la luz… que cuando se enciende, aunque sea chiquitita, nos remite a la sensación de que ni la más densa oscuridad puede con ella, aunque empiece con 25 lamparitas. Poco a poco, ellas van encendiéndolo todo. Así sucede siempre, en la imparable esperanza que persiste en la historia… nuestra historia.
Fue un día como hoy… un 9 de agosto, de 1884.
rgonzalez@utn.ac.cr
Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
