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Sobrevivimos al boli, el jocote y la chancla

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Tragarse el pedacito de plástico del boli (un fresquillo que venía en una bolsa plástica) era una sentencia de muerte anunciada.

Si comíamos mamones, la suerte estaba echada: moriríamos asfixiados tratando de tomar aire, con la semilla de la fruta silvestre en el gañote.

¡Dios guardísimo venir calurosos de la calle de jugar a lo que fuera y mojarnos la cara!

Ahí saldrían las historias terribles, de la boca de madres y abuelas, de niños que ellas conocieron que, por hacer semejante barbaridad, quedaron con la cara torcida como Pepa, la cerdita. Por eso, debíamos aguantarnos calores y ganas de abrir las ventanas del carro si pasábamos por el Ochomogo.

Los chiquillos teníamos una sentencia de muerte a cada intento de correr un riesgo. Vivíamos aterrorizados.

Si construíamos una hamaca improvisada con un pedazo de mecate viejo y una tabla, ahí venía el conjuro: “¡Te vas a matar! ¡Ya veo que te traen desnucao!”.

Si nos veníamos solos de la escuela entre cinco y media y seis –porque a esa hora mustia salíamos de clases–, nos acechaban todo tipo de peligros, ganando por una cabeza la amenaza del sátiro del barrio, que veíamos en cada habitante de calle, en cada borracho que dormía en la acera o en cualquier desconocido.

Yo los imaginaba con una especie de gabardina, siempre peludos y fétidos, pero no tenía la menor idea de en qué consistía su atrevimiento o su delito.

El tema de los exhibicionistas y maníacos no se tocaba. La única instrucción era que, a la menor sospecha, había que salir disparados en cualquier dirección, como si hubiésemos tenido un encuentro con el mismísimo diablo.

En ese orden de peligros estaban los coquitos de los pejibayes, los cabos de melcocha, tomar agua pegando la jeta en el tubo o chuparse el palito del helado.

Ni qué decir de los huesos del pollo. Mil veces oí la historia de que un tío lejano murió asfixiado por un “huesito que se le quedó pegado en el esófago” (las abuelas, tías y mamás eran expertas en mencionar partes del cuerpo con énfasis médico para hacer sus historias más creíbles), y por supuesto, cuando comíamos pollo, la muerte nos hacía visajes de “come to me”, mientras deglutíamos el pedacillo de carne hasta hacer una pasta, con tal de no tragarnos ninguna parte del esqueleto gallináceo.

En Semana Santa, en pleno Viernes Santo, recordábamos la terrible frase “para hablar y comer pescado, hay que tener mucho cuidado”, cuando, al primer bocado de la corvina o los huesos de la sardina, sentíamos la terrible espina que nos llevaría directo a conocer a Caronte.

¿Un aire en el oído? Un cartucho de periódico con un llamarón que se acercaba a nuestra cara. Nunca Juan Santamaría o Juana de Arco fueron recordados con tanto detalle.

¿Acaso una pega? La dolorosísima “sobada” con manteca de chancho allí donde más dolía el antebrazo, y el asqueroso purgante que nos dejaba más del otro lado que se este.

Fuimos friccionados hasta quedar como Tirza, la hermana de Ben-Hur.

A la salida de la escuela, siempre llegaban vendedores de papitas, jocotes, nances, mangos y otras viandas que comprábamos con los cinquillos que ahorrábamos del recreo.

Pero, ¿comerse un mango sin lavar? Un viaje directo a la gloria.

¿Un jocote apenas limpiado en la blusilla? Un boleto sin escalas al mismitico infierno.

Escoger frijoles con la abuela siempre se hacía bajo la amenaza de “te mato si te asfixiás con un frijol en la nariz”, y pedir permiso para ir a la poza siempre tenía la misma respuesta: “¡Jamás! ¡Si te traen ahogao, te mato!”.

Pero, pese a todo, abundan los ejemplos de cómo se imponía nuestro espíritu de supervivencia y alto riesgo: mecerse en la silla en dos patas, jugar con bolitas de vidrio, pegar la jupa en picos y puertas...

Y bien sabíamos que si nos caíamos, nos chollábamos o sufríamos algún accidente por jugar chilillo, patinar o hacer cabriolas, en lugar de un maletín de primeros auxilios, nos esperaba un fajazo y una retahíla más larga que una orinada en moto.

Claro, las infancias no eran como las de ahora, en las que los pequeños principitos y princesas son cuidados, en su mayoría, con mucho esmero y psicología.

A nosotros nos tocó la pedagogía de la chancla y el sermón de la montaña, no el que dijo Jesús a la multitud, sino el de mi mama, que cuando comenzaba a hablar, no se callaba. ¿Cómo hacía para hablar sin respirar hora y media y recordar, una a una, todas mis travesuras?

Crecimos bajo la amenaza de que la muerte nos llevaría en cualquier momento por descuidados, chirotes e irresponsables.

Y no solo la Calaca. Hacían fila el diablo, el viejo del saco, la vieja de la escoba y mil espantajos más que tal vez fueron inventados con la mejor intención de protegernos, a falta de herramientas más apropiadas, digamos.

Lo cierto es que sobrevivimos.

Los cincuentones y otros con más años encima hemos superado todos los peligros imaginados, incluidos los brotes de varicela y demás enfermedades contagiosas que le daban a todo el barrio. Después, sobrevivimos a las guerras de Corea y Vietnam, y hace poco, a una pandemia y a las vacunas anticovid.

Y aunque la Parca cada día esté un poquitico más cerca, nada se compara con el escalofrío de sentir que el plastiquito del boli o la terrible semilla de guaba bajaban por la garganta e imaginarnos la película de nuestro propio entierro, en el que abuelas, allegados y vecinos iban diciendo, como en letanía: “Se lo dije, se lo dije, se lo dije”.

paradigma@ice.co.cr

Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.




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