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La economía de las canas: el reto de convertir el envejecimiento en crecimiento

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Resulta paradójico que nuestra economía se preocupe cada vez más por la escasez de trabajadores mientras muchas empresas siguen considerando que un profesional de 55 años está más cerca del retiro que de una nueva etapa productiva y, por si fuese poco, la Administración quiere una jubilación a los 67 años que se irá postergando con el tiempo, todo muy incompatible. Además, nos preocupa cómo pagar las pensiones, pero no cómo aprovechar económicamente a quienes llegan a la jubilación con salud, patrimonio, experiencia y tiempo para vivir.

En España, las personas de 65 años o más representan ya el 20,7% de la población y las últimas proyecciones del INE apuntan a que podrían llegar a superar el 30% en las próximas décadas. No estamos, por tanto, ante un nicho de mercado, sino ante uno de los grandes cambios estructurales que determinarán nuestra economía a futuro a pesar de que, durante demasiado tiempo, hemos analizado el envejecimiento de la población casi exclusivamente desde la óptica de las pensiones, la sanidad o la dependencia. Sin embargo, vivir más años también está provocando una transformación silenciosa de la economía española puesto que millones de consumidores están modificando qué compramos, cómo vivimos, dónde viajamos, cómo cuidamos nuestra salud y durante cuánto tiempo permanecemos activos profesionalmente.

Se trata de la llamada "silver economy" que va mucho más allá de residencias, medicamentos o asistencia domiciliaria, pues abarca salud preventiva, seguros, servicios financieros, vivienda adaptada, domótica, alimentación, deporte, movilidad, turismo, ocio, formación o tecnología. La Comisión Europea viene señalando precisamente el enorme potencial de crecimiento de estas actividades relacionadas con las necesidades y preferencias de una población cada vez más longeva.

Un ejemplo es el caso de los baby boomers que están llegando a la jubilación con un perfil que poco tiene que ver con la imagen clásica del pensionista austero ya que muchos tienen pensiones elevadas, vivienda en propiedad sin hipoteca, patrimonio acumulado, pocas deudas y unos hijos que, al menos en teoría, ya deberían poder mantenerse solos, de modo que cuentan con algo extraordinariamente poderoso desde el punto de vista económico, dinero, tiempo y ganas de gastarlo.

Durante décadas asociamos juventud con consumo y vejez con gasto sanitario, sin embargo, la demografía está teniendo la desagradable costumbre de desmontar ambos estereotipos ya que quien siga pensando que cumplir 65 años convierte automáticamente al consumidor en alguien obsesionado con los descuentos y que apenas tiene recursos, probablemente está envejeciendo bastante peor.

Y ahí es donde empieza a quedarse viejo nuestro concepto de tercera edad, porque quien lleva cuarenta años trabajando, ha viajado, conoce el mundo y puede permitírselo quizá ya no quiera que su gran horizonte turístico consista en levantarse de madrugada, ponerse una pulsera de colores y subir disciplinadamente a un autobús del Imserso junto a otras cincuenta personas para pasar una semana en la playa. La nueva generación sénior no quiere necesariamente viajar barato sino viajar bien, elegir el destino, dormir en mejores hoteles, comer donde le apetezca, cuidar su salud y comprar experiencias.

Pero existe una segunda dimensión todavía más importante relativa al empleo porque los cuidados de larga duración ya ocupan a más de 500.000 trabajadores en España y el incremento de la longevidad hará crecer considerablemente su demanda que se estima serán necesarios otros 250.000 más para el año 2030.

Así pues, la "silver economy" tiene una ventaja indiscutible, que sus clientes no dejan de crecer y su esencia va mucho más de vender productos a personas mayores. Su verdadero potencial estará en rediseñar una parte de nuestra economía alrededor de una sociedad que vive más años, consume durante más tiempo y puede seguir creando valor mucho después de lo que tradicionalmente hemos considerado la edad productiva.

Indudablemente, envejecer tendrá costes, pero también generará uno de los mayores mercados de las próximas décadas y la cuestión no es si España va a tener una economía más envejecida, porque eso ya está decidido, sino si sabremos convertir las canas en crecimiento porque si la economía consiste en detectar dónde estará la demanda futura, basta con mirar la pirámide de la población para comprenderlo.

España tendrá una población más envejecida queramos o no, pero convertir ese envejecimiento en gasto o en crecimiento sí depende de nosotros porque las canas, por sí solas, no generan PIB, pero ignorarlas tampoco parece un gran plan económico.

Juan Carlos Higueras, doctor en economía y Vicedecano de EAE Business School




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