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Un aristócrata británico planta cara a la tradición: «Es injusto e inapropiado» que las mujeres no puedan heredar sus títulos

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Abc.es 
Charles Courtenay ocupa un lugar privilegiado dentro de la aristocracia británica, pero hay una parte de su propia historia familiar que considera difícil de defender en pleno siglo XXI. El XIX conde de Devon sabe que su título no llegó hasta él por ser el primogénito, sino por una circunstancia mucho más sencilla: era el único hombre entre cuatro hermanos. Ahora quiere que eso cambie para la siguiente generación. Courtenay ha defendido que las mujeres puedan heredar en las mismas condiciones que los hombres y que su hija mayor, Lady Joscelyn, tenga las mismas posibilidades que su hermano Jack cuando llegue el momento de sucederle al frente del condado y de la propiedad familiar. Su reivindicación no es solo teórica. Si las reglas actuales se aplicaran de forma diferente, su propia hermana mayor, Lady Rebecca Wharton , habría sido la heredera del título que hoy ostenta. «Soy el menor de cuatro hijos muy capaces; soy el conde porque soy el único hombre», reconoce. Y añade: «Eso es injusto en los tiempos que corren e inapropiado». La historia de los Courtenay está ligada desde hace siglos al territorio de Devon y a Powderham, la propiedad que actualmente permanece bajo el control del conde. Se trata de una fortaleza del siglo XIV situada junto al estuario del río Exe y rodeada por unas 1.400 hectáreas de terreno. Courtenay recibió el título y la responsabilidad sobre la propiedad en 2015, tras la muerte de su padre. Desde entonces, una de sus preocupaciones ha sido mantener un patrimonio familiar que necesita una inversión constante para seguir funcionando. Pero también ha aprovechado su posición para cuestionar precisamente las normas que hicieron posible que él se convirtiera en conde. La paradoja es evidente: si nada cambia, será su hijo menor, Jack, quien herede el condado. Su hija Joscelyn, pese a ser la primogénita, quedaría fuera de esa sucesión únicamente por ser mujer. Es una situación que el aristócrata considera difícil de justificar cuando incluso la Corona británica ha eliminado la preferencia masculina de sus propias reglas sucesorias. Courtenay ha llevado esta cuestión al debate político y reclama que se equiparen las normas de sucesión de los títulos hereditarios. Su argumento va más allá de su propia familia: considera que una mayor presencia femenina al frente de grandes propiedades podría transformar también la relación de estas familias con las comunidades en las que viven. «Si, en una generación, la mitad de quienes poseen una finca o un señorío fueran mujeres, enviaría un mensaje positivo. Sería la hija y no el hijo quien encargara las obras y estuviera al frente del negocio local. El hecho de que reservemos este lugar dentro de nuestra sociedad únicamente a los hombres está mal». Su defensa de la reforma coincide con el final de una etapa política para el propio Courtenay. El aristócrata formó parte de la Cámara de los Lores como uno de los pares hereditarios, pero la reforma aprobada este año puso fin a la presencia de los 92 miembros que todavía conservaban su escaño por esta condición. Aunque ya no tiene representación parlamentaria, continúa participando en diferentes consejos y comités vinculados al West Country. Y mantiene su postura sobre una aristocracia que, en su opinión, necesita encontrar su lugar en una sociedad que ha cambiado considerablemente. Entre sus argumentos está precisamente el precedente de la Familia Real. «El patriarcado genera muchas razones para no desmontarlo, pero se puede hacer. La familia real lo ha hecho; solo hace falta que alguien se siente y haga el trabajo», sostiene. Su posición no implica, sin embargo, que reniegue del papel histórico de los títulos hereditarios. Courtenay ha defendido públicamente la importancia de conservar determinadas instituciones y considera que las familias aristocráticas tienen una responsabilidad que va más allá de conservar un apellido. De hecho, su propia relación con Powderham se ha convertido en una parte esencial de su vida. Su objetivo, explica, no pasa por acometer una transformación espectacular del castillo, sino por entregárselo a la siguiente generación en unas condiciones mejores de las que lo recibió. Antes de asumir el condado, Courtenay había seguido un camino bastante alejado de la imagen tradicional de un aristócrata británico. Estudió en Cambridge y ejerció como abogado especializado en propiedad intelectual. Su vida dio un giro cuando conoció en 2002 a la actriz estadounidense AJ Langer durante una gira de rugby en Las Vegas. La pareja se casó en 2004 y vivió durante años en California. Tras la muerte del padre de Courtenay, ambos regresaron definitivamente a Inglaterra junto a sus dos hijos, Joscelyn y Jack, para hacerse cargo de Powderham. El matrimonio se separó en 2023 y se divorció en 2024. La experiencia de vivir fuera de Reino Unido también modificó su manera de entender el patrimonio que había recibido. Courtenay explica que aquella etapa le permitió contemplar desde otra perspectiva la responsabilidad de conservar las instituciones históricas británicas y el vínculo de su familia con Devon. «Mi familia fue instalada aquí alrededor de 1160, en el castillo de Okehampton, en los confines salvajes del imperio de los Plantagenet, para defender sus intereses, y creo que eso se me ha quedado. Me gusta ser la voz del interior rural», asegura. También rompió con una tradición familiar en la educación de sus hijos. Joscelyn y Jack estudiaron en colegios públicos de la zona, una elección deliberada después de que Courtenay y Langer regresaran a Inglaterra. «Para mis padres, la educación local no era una opción, pero no pienso que sea necesario acudir a un colegio privado para tener éxito o alcanzar tus objetivos», explica. La otra gran cuestión que ocupa al conde es garantizar que Powderham pueda seguir funcionando. El castillo no es únicamente una residencia familiar: la propiedad recibe visitantes y desarrolla diferentes actividades para contribuir a su mantenimiento. Courtenay reconoce que conservar un patrimonio de estas características es una tarea complicada. Su filosofía pasa por evitar grandes proyectos que puedan convertirse en una carga para sus sucesores y apostar por una gestión sostenible que permita mantener vivo el conjunto. «Llevamos 700 años gestionando un negocio familiar pequeño o mediano de forma sostenible», afirma. «Puede que Powderham no esté en perfecto estado, pero al menos sigue funcionando como un conjunto». En ese contexto, la cuestión de quién heredará el título adquiere todavía más importancia. Hoy, la legislación señala a Jack como futuro conde de Devon. Pero Charles Courtenay quiere que su hija tenga la posibilidad de continuar también con el legado familiar. La reforma que reclama no cambiaría únicamente el nombre de quien aparezca al frente de los Courtenay. Para el aristócrata, supondría eliminar una regla que considera anacrónica y abrir la puerta a que las mujeres puedan ocupar en la nobleza el mismo lugar que ya tienen en otros ámbitos de la sociedad británica. Y, en su caso, significaría algo especialmente simbólico: que la próxima generación pueda decidir quién está mejor preparado para continuar con Powderham sin que el sexo vuelva a ser el factor determinante.



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