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Roca Rey: la muerte no es un problema

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La muerte no es un problema. Eso parece decirnos este hombre cada vez que se planta delante de un toro, silueta de bailarín sobre la arena quemante, para citarse con la gloria o la historia o la eternidad. E intuimos que tan solo la aspiración a la conquista de esos absolutos logra aplacar la sed de quien ha venido al mundo para grabar su leyenda en letras de fuego y oro.

Lo adorna nombre de playboy de los setenta o de estrella del reguetón, un exotismo en la firma como de camisa hawaiana con zapatillas de baloncesto o botines de piel de serpiente. Pero bajo esa doble erre late el corazón de una estirpe de guerreros capaces de enfrentarse en solitario a un gigante. La cosa es que RR se clava igual que un mástil frente al animal temible, que equivale a diez hombres fieros, y en cuestión de un segundo el mundo es un clamor de silencio, un millón de hormigas en el cielo de la nuca, un estricto sinvivir. Aletea la muerte en torno a su verticalísima figura y quienes lo observan sienten un clic de ansiedad garganta adentro. Y ahí, en ese instante decisivo, cuando lo que separa la vida de la calma total es una línea tan delgada que el ojo humano no alcanza a distinguirla, resulta fácil entender que no ha llegado a su oficio para ser uno más, sino con el deseo de ser único, y lo es.

A veces, pocas, sonríe. Y en esa foto infrecuente encuentras el perfume del galán francés de otro tiempo –Alain Delon, Maurice Ronet, Sacha Distel–, alguien con un magnetismo para el que no existe antídoto. No es un guapo puro como Cayetano Rivera o Javier Conde, pero hay momentos en que su atractivo supera con mucho a esas bellezas quietas. Sobre todo, cuando lo ves negociar consigo mismo en la plaza, como un Nuréyev con capote o muleta. Porque el toro, a veces, parece un actor secundario, un elemento indispensable, claro, para la representación del duelo mayor, pero es con Andrés con quien Roca Rey lidia las más feroces batallas. Es con su miedo y su zozobra y su compromiso con la épica con lo que tiene que medirse y, a partir de ese intercambio, de ese diálogo eléctrico, decirle al toro quién manda y quién de los dos va a cerrar la fiesta con un latigazo de hierro.

En [[LINK:INTERNO|||Article|||66f8243acb75b0e46073bf37|||«Tardes de soledad»]], la colonoscopia que le hizo Albert Serra, porque se metió en sus intestinos para mostrarnos el «backstage» de la cabeza del torero, vimos y sentimos la presión del antes de la faena, el vértigo del durante y la sensación inefable del después; ese momento, imposible de explicar, de quien sabe que acaba de librarse por apenas medio centímetro de las garras de un asesino. Pero también nos encontramos con un rostro alerta que nos cuenta su vida entera con muy pocas palabras y unos ojos que no se callan un segundo.

Y le duele hondamente España a este peruano de nacimiento como si fuera un miembro más de su cuerpo, y no uno menor. Sufre con las embestidas y los lances que se dedican los extremos más extremistas del mapa político, aquellos que solo contemplan la convivencia democrática como una pedrea o una balacera, mientras se le llena la boca con todas las maravillas que ofrece este país: temperamentales, gastronómicas, arquitectónicas, climatológicas. Porque para aquel que ha viajado desde niño y ha pisado decenas de lugares es muy fácil amar España, y divulgar ese amor es un deber de bien nacido. Y dentro de España está Madrid, que en lo suyo, la lidia, es la medida exacta de todas las cosas.

La muerte no es un problema, no. Es solo el elemento más visible y atroz de los muchos que conforman el oficio pintoresco de la tauromaquia. Pese a que Roca Rey ame la vida y, tal vez, la saboree más que cualquiera de nosotros porque sabe lo que es jugársela en el sentido literal de la expresión, y eso le obliga a extraerle todo el zumo a cada segundo que pasa fuera de un coso.

La muerte no es un problema, eso parece decirnos cuando observa al toro a solo un brazo de distancia y le grita con la mirada que despierte y embista de una vez, sin más demora. Aunque haya encontrado no hace demasiado el mejor motivo para no dejar de respirar, su refugio y su tierra de promisión; Tana se llama.




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