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La cuchillería que lleva más de 70 años en la calle Castilla: «Antes aquí se reunían los vecinos, pero eso se está perdiendo»

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Abc.es 
Hay en Triana una tienda por la que no pasa el tiempo. Entrar en la cuchillería Castilla es volver a una época marcada por la artesanía, el comercio de barrio y el olor a maquinaria de taller. Así nos lo cuenta su dueño, Enrique González Yáñez, convertido hoy en toda una institución del arrabal. «Mi padre abrió esto en 1954. Él estaba aquí todo el día y no quería que le ayudase, pero lo convencí y me vine. Yo estudiaba en los Salesianos y empecé a trabajar con él a los 14 años », narra Enrique a este periódico, con la radio puesta de fondo, mientras afila unos cuchillos y conversa con Antonio, amigo y cliente habitual. Falta media hora para el cierre, pero este incansable dependiente no le concede tregua al trabajo. Lo hace con un entusiasmo infantil que refulge en la mirada y con una maestría fraguada durante más de sesenta años al abrigo de Triana. Cuando pone a punto uno de los tantos instrumentos que sus clientes le confían, las chispas saltan por esa muela abrasiva curtida en mil batallas que ha visto desfilar ante ella varias generaciones. Escoltado por una hilera de navajas, tijeras y cubiertos expuestos en el mostrador, nos cuenta, con su característico tono de voz sosegado y distendido, el oficio al que le ha dedicado toda una vida. Sin embargo, las obras de la calle Castilla han hecho mella en la afluencia de público en su establecimiento. «Ahora mismo están adoquinándola y no tiene tráfico. Eso influye mucho. La clientela ha bajado por las tiendas grandes , los locales comerciales y los supermercados, aunque para mí tengo suficiente», explica con una joven veteranía que perciben tanto los clientes habituales como una pareja de turistas que entra para comprar una navaja suiza. Preguntado si ha tenido que cambiar la naturaleza del negocio debido a las necesidades del público, Enrique contesta con rotundidad: «No, solamente me he dedicado a la cuchillería. He traído algunas cosas nuevas de artesanía , pero más o menos siempre tengo el mismo material y de los mismos proveedores». Su conversación es relajada, se le intuye cómodo, sin prisas y transmite tranquilidad, ya sea conversando con nosotros o atendiendo los numerosos encargos que entran por la puerta, como el de Casa Cuesta, otra institución de la calle Castilla. Sobre sus orígenes, este vaciador de Triana nos cuenta que «de ver trabajar tanto a mi padre, era muy adulto para la edad que tenía. Trabajé codo a codo con él, hasta que falleció el 27 de febrero de 1999 a las 10 de la noche. Tengo la fecha grabada», asegura. « Era mi padre, mi amigo, mi compañero . Su muerte me costó una depresión de dos años y medio de la que felizmente pude salir», afirma, emocionado, mostrando su retrato que preside el taller junto al Cristo del Cachorro. La dilatada trayectoria de Enrique aguzando con entusiasmo los cuchillos del arrabal fue galardonada en la pasada Velá de Triana con un premio que homenajea su legado al frente de tan entrañable negocio. «Lo que sentí no se puede describir», sostiene. «Que te reconozcan una labor de tantos años se agradece mucho y me puso muy contento». Pero esta tienda también ha servido como punto de encuentro del barrio . El afilador de la calle Castilla nos explica que «ahora activamente no, pero antes aquí sí se reunían los vecinos. Ya menos, porque se están perdiendo esos encuentros desgraciadamente. Era muy bonito, a mí me encantaba. Y me gusta mucho cuando viene un vecino y me cuenta cosas antiguas de la calle». Durante la entrevista, llega un invitado muy especial, Jorge Cadaval, de los Morancos , vecino de la zona y cliente habitual de la cuchillería. Recoge un pedido y, tras saludar con afecto a Enrique, le dedica unas bonitas palabras por su trabajo al servicio de Triana. «Esto es de lo mejor del barrio», aseguró el célebre humorista. Los negocios familiares y talleres artesanales tienen un complicado relevo generacional, producto, entre otros factores, de la universalización de la educación, el crecimiento exponencial de la oferta laboral y la globalización. Tanto es así que Enrique tiene muy claro el futuro de la cuchillería : «Tengo 75 años y me puedo jubilar dos veces, pero cuando llegue el momento se cerrará. Mis dos hijos ya están colocados y trabajan en otras cosas». Aun así, este vendedor, testigo directo de la evolución de la calle Castilla, se muestra modesto sobre cómo le gustaría ser recordado en el barrio cuando llegue ese día: «No lo sé, eso lo tiene que decir la gente». Con el paso de los años, las franquicias, Internet y las tiendas para turistas  le han ganado terreno a las tabernas y comercios de toda la vida. Sin embargo, mientras el mundo cambia a una velocidad vertiginosa, en la calle Castilla podemos hacer un alto en el camino para visitar a Enrique, cuyas manos no sólo han afilado hojas, sino que han forjado la historia de Triana .



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