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Tana Rivera, la aristocracia de la morenía

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Desde los retratos de Julio Romero de Torres hasta el milagro de Rosalía, las morenas son una estirpe aparte. Las rubias son burbujeantes, se ríen con ligereza y brillan como alhajas en movimiento. Pero las morenas tienen una música distinta, como la que provoca un golpe de viento en un claustro medieval o el aleteo de una banda de pájaros en un patio andaluz con sobredosis de azulejos y geranios. O como el llanto sin consuelo de esa guitarra que quiebra en dos la madrugada. Las morenas poseen una hondura milenaria, indescifrable, pues encierran abismos y carreteras solitarias que parecen no tener final. Y ahí, en esas coordenadas, es bien fácil encontrar a Tana Rivera y muy difícil olvidarla.

Tiene la única hija de Eugenia Martínez de Irujo y Fran Rivera una belleza serenísima, discreta pero incontestable, porque no se presenta en mayúsculas ni en negrita, sino que te llega casi sin avisar, len-ta-men-te, igual que un susurro. Pero cuando lo hace, cuando ya está ahí, ante ti, se come por entero tu campo visual y cuesta apartar la mirada de ella, despegarse de su figura. Y casi enseguida detectas una timidez que no hay forma de camuflar, fruto, acaso, de una naturaleza introvertida y del peso colosal de quien sabe que allá donde va todas las miradas la atrapan. Y aunque esto último ha sido así desde siempre, cuando abandonó la adolescencia se multiplicó por mil. Y vivir de esa manera, consciente de ser protagonista a tu pesar de cualquier fiesta y evento al que acudes, robándole plano a casi todos los demás invitados, no sé yo si es algo que se llega a asimilar o que se sobrelleva sin más.

Quizá le venga de ahí, de esa tensión que le genera la magnitud de sus apellidos, ese destello de tristeza que no abandona sus ojos ni cuando sonríe, como una suerte de turbulencia interior. Como si llevase tatuados los dos extraordinarios mundos de los cuales procede: el de la dinastía de matadores, con su trasfondo de sangre, y el de la soledad perfumada de bullicio de los grandes de España, tan poderosos y cresos como náufragos en la inmensidad de sus palacios. Porque la popularidad que reviste a Tana viene de una España españolísima, la más de todas, la de la coyunda entre la aristocracia y el toreo. Una tarjeta de visita que en la era de la IA resulta extemporánea.

Tana tiene padres, famosísimos ambos, pero, sobre todo, tiene abuelas, porque aunque ya no existan son eternas. Dos mujeres celebérrimas con un rasgo común, la libertad que derrocharon en vida. Puesto que hicieron lo que les dio la real gana e ignoraron los convencionalismos de su época y las opiniones maledicentes. La duquesa de Alba y Carmina Ordóñez se parecían una barbaridad en eso, en su naturaleza rebelde y transgresora, lo que las convirtió en personajes tan criticados como adelantados a su tiempo y en modelos de un feminismo que enrabieta a las radicales de hoy, a quienes les sobra teoría y sectarismo y les falta sentido del humor y gramática parda, justo aquello de lo que Cayetana y Carmina iban sobradas. Y Tana se ve empujada a hablar de ellas en entrevistas, nobleza obliga, sabedora de la potencia que las adornó y de lo presentes que siguen estando en el imaginario colectivo.

«Tiene una belleza serenísima, pero incontestable, porque no se presenta en mayúsculas ni en negrita»

Y por si fuera poco neón el que la alumbraba, su actual noviazgo con una estrella de rock del toreo, Andrés Roca Rey, ha elevado aún más su propia entidad y su cotización en el universo de la prensa rosa. La cabra tira siempre hacia casa, y Tana no ha podido evitar caer en los brazos de un torero, como el abuelo materno de su padre, como su abuelo paterno, como su padre y su tío. Y su madre, Eugenia, que durante años supo lo que era aguardar a que su amado rematase la faena entero, habrá llorado largo al pensar en la cantidad de tardes de sufrimiento que le esperan a su hija. Como cuando hace unos meses la vimos abandonar la Maestranza de Sevilla, con gesto trágico, tras una grave cogida de él.

Las imágenes que nos han llegado hace solo unos días son justo lo contrario: Tana y Roca Rey en el mar, jóvenes y bellos, jugando, riéndose, besándose, tan enamorados como Romeo y Julieta pero con las respectivas familias a favor de obra. Y la alegría que ella desprende puede que sea esa felicidad por la que tanto rezó en sus peores momentos, y que hoy es enteramente suya. Porque las morenas absolutas parecen vivir al borde mismo del drama, pero cuando ríen no tienen rival. De Tana Rivera pongamos que hablo.




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