Libertad Delgado: «Incluso del horror puede nacer belleza, pero hay que saber encontrarla»
Jardines que brotan de los cadáveres, castillos levantados sobre huesos y personajes que buscan pequeños retazos de luz en un universo dominado por el caos. En «Un edén de huesos en flor», Libertad Delgado construye una historia profundamente visual en la que la belleza y la muerte no son conceptos opuestos, sino dos fuerzas condenadas a convivir.
Autora e ilustradora, Delgado reconoce en su novela la influencia de la arquitectura medieval, la imaginería católica, las mitologías paganas y la estética gótica contemporánea. Sin embargo, bajo esa envoltura de cementerios, flores negras y criaturas monstruosas, también habita una historia sobre la identidad, el miedo y el reconocimiento mutuo.
Hablamos con ella sobre el origen de este universo, la relación entre sus protagonistas y esa pregunta que atraviesa toda la novela: ¿qué ocurre cuando el mundo no te permite existir tal y como eres?
«Un edén de huesos en flor» plantea una idea muy poderosa: que la belleza puede surgir de la muerte. ¿De dónde nace esta premisa tan simbólica?
Nace, ante todo, de esa intensidad gótica que tanto me gusta y que siempre combina belleza, muerte, tristeza, amor y todas las emociones de la vida. Estamos hablando de un universo en el que hay mucho caos, horror, monstruosidad, muerte y terror. Aun así, pequeños retazos de luz consiguen abrirse paso. Lo que ocurre es que tienes que saber verlos. De todo ese horror también puede nacer belleza, pero hay que buscarla y aprender a coexistir con aquello que no se puede controlar. El mundo está cambiando y los personajes sienten que están viviendo una especie de apocalipsis. En ese contexto, deben encontrar algo a lo que aferrarse.
¿Hay algo de su propia experiencia en esa sensación de que el mundo puede dejar de tener sentido de un momento a otro?
Siempre he sido una persona muy propensa a la ansiedad y al miedo. Me diagnosticaron un trastorno de pánico que me golpeó con mucha fuerza durante la adolescencia. Ahora estoy muy bien, pero he tenido que batallar con ello por épocas desde entonces. Por eso conozco íntimamente esa sensación de que el mundo que te rodea deja de tener sentido de repente y tú no sabes por dónde abordarlo. Cuando eso sucede, te apoyas en aquello que te da fuerza: tus seres queridos, las cosas que te importan, las causas en las que crees y también la belleza. ¿Por qué no? El arte y la belleza pueden funcionar como un salvavidas. Son una forma de expresarte, de relacionarte con el mundo y de transformar la fealdad en belleza o, al menos, en una emoción más poderosa que el terror. Supongo que todo eso se habrá filtrado de alguna manera en mi escritura.
El Desgarro, entendido como una ruptura del orden natural, es el eje central de la novela. ¿Lo concibe como una metáfora de algún acontecimiento contemporáneo?
No me he basado en ningún acontecimiento concreto. La experiencia de sentir que tu mundo deja de tener sentido le ha ocurrido a la gente desde que el mundo es mundo. Los personajes de la novela son personas medievales, con sus propios conceptos y sus propias explicaciones para aquello que no pueden comprender. Partiendo de ahí, intentan seguir adelante y sobrevivir en un mundo que se los quiere comer vivos. También tratan de protegerse de aquello que les da miedo. No podría señalar una única situación contemporánea porque siempre está pasando algo. Abres las redes sociales, miras la televisión y todo parece un grito continuo. Como dice la canción, nosotros no encendimos el fuego, pero estamos aquí combatiéndolo. Mis personajes se encuentran en una situación parecida: llegaron cuando todo estaba ardiendo y lo único que intentan es no convertirse también en agentes del caos.
La novela posee una imaginería muy marcada: jardines que nacen de cadáveres, castillos construidos sobre huesos… ¿Qué papel desempeña lo visual en su proceso creativo como autora e ilustradora?
Todas mis novelas tienen una estética muy definida. La elijo desde el principio e intento potenciarla todo lo posible. En este universo concreto hay una estética muy gótica y medieval. Esa arquitectura varía dependiendo de cada pueblo. Las hadas, por ejemplo, no tienen castillos góticos. Su estética mezcla elementos celtíberos, modernistas y otras influencias. Son bastante extrañas. En cambio, el mundo humano quedó detenido en una etapa cercana al gótico cuando se produjo el Desgarro.
También está muy presente la imaginería católica, con toda su intensidad. Esa idea de conservar los restos de un santo, mostrar sus dientes y colocarle una corona de oro. La historia bebe mucho de esas imágenes bíblicas porque su mitología intenta mirar hacia lo que tenemos aquí, hacia lo patrio, y lo que encontramos es una intensidad católica enorme. A eso se suman las tradiciones que podríamos llamar paganas, como la celta, la griega o la romana. Estudié el Bachillerato de Humanidades, con griego y latín, así que todo lo que me gusta termina entrando en las novelas. También me atrae el gótico contemporáneo: los cementerios, las flores, las rosas negras, los cuervos… Toda esa estética de «Bring Me to Life», de Evanescence. Me gusta mucho el metal sinfónico y el heavy metal. Al final, todas esas influencias forman un batiburrillo dentro de mi cabeza y eso es lo que termina apareciendo en la historia.
Thalía es una protagonista híbrida y rechazada por su propio mundo. ¿Hasta qué punto su historia habla sobre la identidad y la sensación de no pertenecer a ningún lugar?
He detectado un patrón en mis novelas: tanto el protagonista como la protagonista suelen ser «outsiders» dentro de sus propios entornos. Algunos son más respetados que otros y normalmente cuentan con alguna red de apoyo, pero nunca terminan de encajar. Siempre están buscando algo más allá, añorando algo que no saben cómo encontrar hasta que conocen a la otra persona del dúo protagonista. Entonces ven en el otro una especie de reflejo distorsionado de sí mismos. Empiezan a sentir empatía y compasión, y entre ellos surge un magnetismo increíble. Me recuerda a esa idea de Jung según la cual el encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos sustancias químicas: si se produce una reacción, ambas se transforman. Eso es lo que suele suceder en mis novelas.
¿Cómo se manifiesta esa condición de «outsiders» en Salazar y Thalía?
Salazar tuvo que huir de su mundo por ser un alzamuerto. Se quedó completamente solo y desde entonces se ha dedicado a ir de un lugar a otro, rapiñando e intentando encontrar un sitio en el que estar a salvo. Finalmente llega al Páramo, un castillo rodeado por un herial que parece el escenario de «Silent Hill» cuando todo era todavía un descampado. Allí intenta hacerse fuerte y conseguir aliados para evitar que alguien pueda llegar y arrebatárselo. Está acostumbrado a tener que salir corriendo constantemente.
A Thalía le ocurrió algo parecido. Ella es híbrida de manera literal: mitad humana y mitad feérica. En el mundo humano, los monstruos y los híbridos eran perseguidos. Llegó un momento en el que ella y su madre se quedaron sin ninguna red de apoyo y tuvieron que huir.
Como último recurso, su madre intentó llevarla a las tierras feéricas para encontrar a su padre, que ni siquiera sabía que Thalía existía. La madre murió durante el viaje y la niña quedó profundamente traumatizada. Su padre terminó encontrándola y se la llevó a la corte. Sin embargo, debido a su condición y a su magia corrupta, los habitantes de ese mundo la temen. No tanto porque sea medio humana, sino porque la consideran medio maldita. En su reino, la putrefacción y la muerte tal y como nosotros las entendemos constituyen un tabú enorme, y precisamente el poder de Thalía se nutre de los cadáveres y de la muerte.
Los seres feéricos perciben en ella una especie de olor a muerte que les resulta desagradable. Algunos la toleran, pero la temen. Otros, como sus hermanas mayores, la odian directamente y le hacen la vida imposible.
Thalía no teme por su vida, pero percibe el vacío a su alrededor. Nota los silencios que se forman allí donde aparece. Es una especie de muerte provocada por mil cortes. Está acompañada, pero se siente profundamente sola.
Los dos son rechazados, aunque sus respectivos mundos sí recurren a ellos cuando pueden resultar útiles. ¿Es eso lo que provoca que se reconozcan el uno en el otro?
Sí. Los dos han sido despreciados y solo se les tiene en cuenta cuando pueden servir como arma contra otra cosa. Cuando se conocen, sienten inmediatamente la necesidad de protegerse. Es como si Salazar pensara: «Dios mío, eres como yo. Voy a llevarte a mi castillo y allí nadie te molestará». A medida que empiezan a conocerse surge la relación y forman una piña. Cuando alguien intenta separarlos, ya es imposible hacerlo, ni siquiera metiendo una palanca entre los dos.
¿Diría que estamos ante una historia de amor o, sobre todo, ante una historia de reconocimiento mutuo?
Ambas cosas. Al final, el amor también consiste un poco en eso. Conoces a alguien con quien haces clic y, de repente, te sientes menos solo en el mundo. La novela también plantea otra cuestión: en un mundo en el que parece que tienes que convertirte en un monstruo para sobrevivir, ¿qué haces si no quieres transformarte en uno? Y si los demás no quieren concederte un lugar en el que existir, ¿te conformas con las migajas que te ofrecen o sacas las uñas y los dientes y luchas para conseguir algo que sea verdaderamente tuyo?
La sociedad parece exigir que los personajes se conviertan en monstruos para poder sobrevivir. ¿Dónde está el límite?
Esa es la pregunta. Si intentas ser bueno y no quieres convertirte en un monstruo, ¿qué haces? ¿Dónde colocas la línea que no estás dispuesto a cruzar? La respuesta cambia dependiendo de cada personaje. Cada uno tiene que decidir hasta dónde está dispuesto a llegar.
Como ilustradora, si tuviera que resumir «Un edén de huesos en flor» en una sola imagen o símbolo, ¿cuál elegiría?
Puede parecer muy obvio, pero elegiría un esqueleto floreciendo. Representa la nueva vida, un comienzo que surge de algo que ya no es lo que era. Tengo la estética de la novela montada en la cabeza permanentemente, las veinticuatro horas del día. No puedo saber hasta qué punto ser ilustradora ha influido porque para mí esta forma de imaginar las historias es lo normal. No sé cómo funciona el proceso de otros escritores. Sin embargo, los lectores suelen decirme que mis novelas tienen una imaginería muy vívida, así que supongo que algo habrá funcionado.
