Cuando el wéstern era español en el quiosco de la esquina
Durante mucho tiempo el wéstern quedó relegado al territorio de la cultura popular. Parecía un género agotado, prisionero de sus propios estereotipos: el pistolero solitario, la frontera, el duelo, la conquista del territorio. Sin embargo, la narrativa contemporánea ha demostrado que aquellos escenarios seguían ofreciendo una extraordinaria potencia literaria. Por ello, no es casual que algunas de las novelas más admiradas de las últimas décadas hayan vuelto a cabalgar por aquellas llanuras. Autores como Cormac McCarthy, Hernán Díaz o Patrick deWitt han recuperado el wéstern para explorar cuestiones mucho más profundas que la aventura: la violencia fundacional de Estados Unidos, la condición del extranjero, la soledad o la culpa. De este modo, el género ha abandonado definitivamente el quiosco para entrar en el canon contemporáneo, no porque haya renunciado a sus viejos motivos, sino porque ha aprendido a contemplarlos con una complejidad moral desconocida en sus orígenes.
El wéstern nació como un relato destinado a celebrar la conquista de un territorio y ha terminado convirtiéndose en una de las formas más eficaces de interrogarla. Y es precisamente esa capacidad para revisar sus propios mitos la que explica que el viejo Oeste haya encontrado una segunda vida en la gran literatura de nuestro tiempo, pues continúa siendo un territorio fértil para explorar cuestiones universales: el poder, la violencia, la memoria, la naturaleza, el fracaso del sueño americano o la dificultad de establecer una frontera entre la civilización y la barbarie. En muchas novelas norteamericanas actuales de este cariz, los paisajes, antes concebidos como escenarios de aventura, funcionan como espacios de reflexión moral e histórica. Paradójicamente, en suma, el género parece haber recuperado prestigio al desprenderse de los viejos esquemas heroicos.
Marcial Lafuente Estefanía llegó a escribir alrededor de 2.600 títulos
También cabe decir que la tradicional novela del Oeste no fue un fenómeno exclusivamente norteamericano. Durante varias décadas del siglo XX, España desarrolló una de las industrias de literatura popular más prolíficas de Europa, capaz de abastecer semanalmente los quioscos con historias de pistoleros, ranchos, diligencias y pueblos fronterizos. Aquellos pequeños volúmenes de bolsillo, concebidos para un consumo rápido y accesible, formaron parte del paisaje cotidiano de millones de lectores, como ha estudiado ampliamente Fernando Eguidazu (Bilbao, 1944) en «Pistoleros de quiosco. El Oeste americano en la novela popular española». El autor, a lo largo de su vida, ha reunido una de las más importantes colecciones de España (alrededor de 50.000 ejemplares), que hoy se encuentra en el Instituto Iberoamericano de Berlín, y ha publicado libros como «Del folletín al Bolsilibro. Cincuenta años de novela popular española. 1900-1950» y «Una historia de la novela popular española (1850-2000)».
El Oeste desde España
Estamos ante un gran especialista de un ámbito literario, en que destacó sobremanera Marcial Lafuente Estefanía –que escribió alrededor de dos mil seiscientos títulos–, en torno al cual surgió una generación de escritores extraordinariamente fecundos, como José Mallorquí, creador de «El Coyote»; Francisco González Ledesma, que firmó centenares de novelas bajo el seudónimo Silver Kane antes de convertirse en uno de los grandes autores de novela negra española; Juan Gallardo Muñoz, conocido como Curtis Garland; Luis García Lecha, que publicó como Clark Carrados; o José Luis Velázquez, tras el nombre de Keith Luger. Todos ellos compartían un rasgo singular: escribían sobre un Oeste que apenas conocían más allá de la documentación, el cine y la imaginación. Por otra parte, el uso de seudónimos anglosajones respondía a una lógica comercial ya que las editoriales entendían que el lector aceptaría con mayor naturalidad una historia ambientada en Arizona o Texas si quien la firmaba parecía haber nacido al otro lado del Atlántico.
González Ledesma llegó a convertirse en un autor renombrado, pero como explica en sus memorias, sus inicios literarios fueron desalentadores. Trabajaba como pasante en un prestigioso despacho de abogados, «pero tenía que seguir viviendo en casa de sus padres y no veía futuro», cuenta Eguidazu. «Fue en ese momento cuando en Bruguera me ofrecieron la posibilidad de escribir novelas populares, porque para eso sí que había mercado y yo tenía experiencia», apuntó el propio narrador. «Acepté porque necesitaba angustiosamente el dinero y porque pensé que sería un trabajo transitorio y no dejaría huella en mí. Narices. Estuve trabajando en el género durante gran parte de mi vida, la más fecunda». Curiosamente, González Ledesma había entregado a la editorial dos novelas, que le rechazaron.
Con frecuencia relegadas a la categoría de literatura menor, estas novelas fueron, sin embargo, una formidable escuela de escritura. Sus autores trabajaban bajo plazos implacables, obligados a mantener la tensión narrativa, construir personajes eficaces y sostener el interés del lector en poco más de un centenar de páginas. Aquella disciplina convirtió a muchos de ellos en artesanos consumados del relato. Hoy, superados los antiguos prejuicios, la novela de quiosco comienza a ocupar el lugar que merece dentro de la historia editorial española, como demuestra el esfuerzo de Eguidazu a la hora de investigar el modo en que, durante décadas, estas novelas consideradas un producto menor que se presentaban con cubiertas llamativas, generaron en España incontables lectores.
Miles de títulos
El autor advierte que la novela popular española se desarrolló en varios géneros, como el policíaco, el sentimental o el de la ciencia ficción, pero señala que «la novela popular del Oeste no es sino un género más dentro del panorama general de la novela popular española del siglo, y comparte con la dedicada a los demás géneros su origen, evolución y características, así como sus autores, editoriales y público lector». El propósito del libro, dice Eguidazu modestamente, es limitado al pretender sólo «dibujar un panorama sobre aquella literatura: cómo y por qué surgió, qué hizo posible que el Oeste americano fuese capaz de colonizar de tal forma la novela de quiosco de aquellos años, qué características tuvo, quiénes la escribieron y cómo veían el Oeste, cómo fue el Oeste que aquellas novelitas reflejaron y dejaron registrados en miles de títulos». Y es que este tipo de narrativa de consumo, se manifestó por medio de decenas de libros, en suma: «Todo un fenómeno editorial que visto en perspectiva nos resulta asombroso».
A los más viejos les sonarán el nombre de estas editoriales: Cíes, Molino, Clíper, Bruguera…, o el de algunas colecciones en especial: Rodeo, Novelas del Oeste, El Coyote, Bisonte…, o de autores como Fidel Prado, Federico Mediante, Miguel Oliveros o Juan Gallardo. «Pistoleros de quiosco» es así una incursión en toda una época extinguida, la misma que aupó el género romántico de Corín Tellado, del libro editado de forma tan simple como barato, al alcance de todo el mundo. Eguidazu aporta un sinfín de ilustraciones y abre el libro con dos citas, una muy larga de Edward Goodman (Eduardo de Guzmán), extraída de «La epopeya del Oeste» (Editorial Tesoro, 1963), y una breve de González Ledesma (Silver Kane), tomada de la contracubierta de «La dama y el recuerdo» (Editorial Planeta, 2010), que explican el calado de esta literatura.
En la primera se hace una enumeración de los elementos clave de la narrativa del Oeste, como «los buscadores ilusionados con el hallazgo de un nuevo Eldorado», «la valentía de las caravanas que se adentran en las praderas desafiando todos los peligros», «el increíble peregrinaje de los mormones, que reviven en pleno siglo XIX la gesta de los viejos israelitas para edificar un imperio en mitad del desierto», «los granjeros, que cultivan sus campos con el rifle en la mano y el ojo avizor», «los cowboys que conducen sus inmensos rebaños hasta los distantes embarcaderos», «los trabajadores esforzados que construyen ferrocarriles, atravesando territorios desconocidos», «los poblados mineros surgidos de la noche a la mañana y donde corren el oro y la sangre», «el indio, que es a un tiempo amenaza latente y víctima constante de la civilización blanca», «los pistoleros caballerescos de Nevada y los sheriffs, que disparan primero y preguntan después»… ¿Quién no reconoce estos tópicos que el cine popularizó y mantienen un poderoso imán para lectores y espectadores? ¿Continuará siendo así a día de hoy? «El Oeste es, para un escritor, la última frontera de la épica, con sus espacios nuevos e inmensos, sus mundos de la guerra civil, sus héroes solitarios y sus damas de saloon, en cuya vida siempre hay una lágrima de verdad y una sonrisa de mentira», dice la cita de Silver Kane. Y esta explicación hace entender cómo la literatura de wéstern goza de una gran revitalización.
Rasgos del wéstern hispano
¿Cómo era el Oeste libresco español en el siglo XX?, se pregunta el autor de «Pistoleros de quiosco», y añade otro interrogante: «¿Cuáles fueron las causas de que este Oeste “Made in Spain” estableciera y consolidara estos códigos propios?». El autor reúne ciertas características, la primera de las cuales era «su distanciamiento de la realidad. Si el western de las novelas y películas de su país de origen era ya suficientemente distinto del histórico, las diferencias llegaron en el western hispano a niveles colosales». Por ejemplo, «si el Oeste de ficción norteamericano era ya violento, el hispano llegó a extremos con frecuencia grotescos. En la novela de quiosco española no había un tiroteo, había varios. No había uno o dos muertos, había muchos. La violencia no se incubaba a lo largo de la novela hasta su explosión final, sino que aparecía ya en las primeras páginas, como si el autor no quisiera perder el tiempo ni arriesgarse a perder la atención del lector». Y para rematar, apunta: «Era, además, inverosímil. El pistolero sacaba su revólver en “décimas de segundo”. Y en tan pasmosa fracción de tiempo era capaz de abatir no a un enemigo, sino a dos o tres. O a más».
