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De Homero a las redes sociales: ¡cuánto hemos cambiado la forma de insultar!

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Creo que coincidiremos, independientemente de nuestra ideología, religión, edad o profesión, en que, en cualquier discusión en redes sociales, vamos a encontrar, muy probablemente, un menú extenso de insultos.

Coincidiremos también en que muchos de esos insultos tienen como blanco el cuerpo ajeno. Son insultos que intentan ridiculizar el peso, la estatura, la nariz, el color de piel, la edad, el cabello o cualquier otro detalle físico de la persona a la que atacan. Hay otro insulto constante, aparte del así llamado body shaming, que tiene que ver con la famosa mentada de madre.

Ahora que La Odisea nos tiene absortos en múltiples conversaciones, incluso de índole ideológica (hasta Elon Musk brincó), quise repasar los insultos homéricos y compararlos con los nuestros.

Lo cierto es que los personajes homéricos se insultan constantemente. Sin embargo, por más que busqué (y puedo equivocarme), no encontré ni el salmodiado body shaming ni la consabida mentada de madre. Los insultos homéricos van por otro lado. Y creo que tiene que ver con la cultura. Cada cultura insulta de una forma muy reveladora de sus ideas y su forma de ser.

Aquí van algunos de esos insultos homéricos: népios –necio o tonto– (La Ilíada 2.38): tiene que ver con el concepto de alguien incapaz de comprender las consecuencias de sus actos. Atenea skhétlie –desdichado o miserable– a Odiseo (La Odisea 1.48), aunque, en este caso, el epíteto nace de la compasión. Odiseo llama athémistos –soberbios o, más literalmente, sin ley– a los cíclopes (La Odisea 9.106). Aquí viene una que sé que nos encantará: kakós –malo, indigno, como los Caquitos de El Chavo del 8– (La Ilíada 2.235). Otros insultos homéricos pueden ser anaidés –sinvergüenza– (La Odisea 17.446) y áphron –sin mente–.

Notemos que todos ellos son insultos dirigidos a la inteligencia, el carácter, el honor y la conducta. No al cuerpo ni a la madre. Como dije antes, no he encontrado otro tipo de insultos. Bueno, mentira: hay una excepción aparente: kynôpis, que yo traduciría como “cara de perro”. Aparece varias veces: La Ilíada 1.159, La Ilíada 3.180 (aquí lo traducen como “cara de perra”) y, sorprendentemente, en La Ilíada 6.344, Helena se describe a sí misma como “cara de perra”.

A primera vista, parecería el único insulto físico de toda la épica. Pero creo que no lo es. Para los griegos de esa época, el perro (y especialmente la perra) simbolizaba la desvergüenza y la insolencia. No se estaba describiendo un rostro desagradable, sino una actitud moral, otra vez.

Tener “ojos de perro” no significaba parecerse físicamente a un perro, sino mirar el mundo sin vergüenza alguna. Esto podemos constatarlo en La Ilíada 1.225, cuando Aquiles llama a Agamenón, “que tienes cara de perro y corazón de ciervo”. Es decir, sinvergüenza y asustadizo. Hasta el único insulto que parece corporal termina siendo un insulto ético.

Todo esto me causa fascinación, ya que mi área de estudio está más apegada a otro texto antiguo, como lo es la Biblia. Y en ella sí que encontramos muchos insultos que se basan en el cuerpo de alguien. Aquí van algunos ejemplos de body shaming bíblico: una mujer llamada Lea es depreciada por su propio padre por tener un defecto en los ojos, que son descritos como débiles y podrían corresponder con ser bizca o cegatona (Génesis 29:17); un grupo de jóvenes grita “¡Calvo, calvo!“, burlándose de Eliseo (2 Reyes 2:23-24), y hasta una buena mentada de madre encontramos: ”Entonces Saúl se puso muy furioso con Jonatán. –¡Tú, estúpido hijo de prostituta! –lo maldijo–. ¿Acaso piensas que no sé que tú quieres que él sea rey en lugar de ti, para vergüenza tuya y de tu madre?" (1 Samuel 20:30 NTV).

El término hebreo que aparece en esta expresión contiene dos palabras: ben, que significa hijo, y na’avat, una palabra que aparece una única vez en toda la Biblia, lo que se denomina un hápax legomenon, y que puede significar perversa, corrupta, depravada o deshonrada. Además, la frase siguiente del texto contiene un juego de palabras que se traduce como “la vergüenza de la vergüenza de tu madre”, lo que convierte el insulto en una expresión aún más deshonrosa.

Homero vivía en un mundo infinitamente más violento que el nuestro, aunque nuestro mundo actual sea violento en demasía. Sin embargo, cuando se quería insultar a una persona, no atacaba su nariz, su estatura, su peso, su aspecto o su madre. Atacaba aquello que, para los griegos, realmente constituía a una persona: su inteligencia, su prudencia, su valentía o su sentido de la justicia.

Nosotros, en cambio, decidimos imitar más a la Biblia en su forma de insultar. Hemos perfeccionado el arte de burlarnos de aquello que nadie puede cambiar. Somos expertos en body shaming y en mentadas de madre.

¿Por qué recurrimos más a ese tipo de insultos? ¿Qué pasa realmente cuando señalamos la imprudencia o corrupción de un político? Nada. Estamos muy acostumbrados a que la honra y el honor no sean tan importantes.

Hay países, como Japón, donde el honor tiene un peso enorme y, en consecuencia, decirle mentiroso a alguien es una deshonra tremenda. En las sociedades donde la honra y el honor siguen siendo fundamentales, los insultos suelen ser más del tipo homérico. Donde la honra y el honor no suelen salvaguardarse con tanto celo, recurrimos más a la burla del cuerpo y a la insuperable mentada de madre.

jose@editorialabyad.com

Jose Chacón es escritor.




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