Ese indio no eres tú, por Cecilia Méndez
Ha llegado a mis manos un pequeño libro de texto para niños de primeras letras publicado por el Ministerio de Instrucción del Perú en 1923: El libro de la escuela elemental peruana. Alguien tuvo el buen tino de rescatarlo de la casa de mis padres en Lima, antes de que ésta fuera demolida. Se trata de una “obra premiada en concurso” y aprobada por el gobierno “para las escuelas elementales de la República”. Su autor, E. Guzmán y Valle, sonará familiar a muchos porque es el nombre de la primera universidad pública del Perú dedicada a la Educación, más conocida como “La Cantuta”.
No se trata de la obra original de Guzmán y Valle, sino de la decimoprimera edición, “corregida y adaptada a las exigencias de la actual metodología de la lectura y escritura” por un discípulo suyo, E. Ponce Rodríguez. Estamos ante una obra que se preciaba de ser moderna, actualizada, y destinada a ser distribuida masiva y gratuitamente en las escuelas primarias de todo el Perú en los tiempos de Leguía, pero cuya versión original tenía más de una década en circulación.
Mi padre nació el mismo año que este libro, que con certeza perteneció a su mamá, mi abuela Trinidad Jurado, que fue maestra rural y vivió con mi papá cuando niño en Musho, un pueblito de la sierra ancashina al pie del Huascarán, que pude conocer en nuestros viajes familiares al Callejón de Huaylas. Mi abuela nació en 1900 y vivió con mi familia desde que tengo uso de razón, hasta su muerte en 1973, cuando yo era una niña. No sé cómo pudo sobrevivir este librito tantas décadas a su muerte. Lo cierto es que este ejemplar pasó por las manos de al menos un niño, que tal vez fuera mi padre, como es evidente por los garabatos con lápiz y esbozos de letras y dibujos que marcan algunas de sus páginas. Hoy mi papá, si viviera, tendría 103 años. Hablo de una historia muy antigua.
Pero vayamos a las imágenes, que son el meollo del asunto. Ilustran la portada un niño y una niña rubios, con rasgos arios. Él de pie, con aire autosuficiente, pantalón corto a cuadros, medias hasta la pantorrilla, zapatos bien anudados, camisa tipo marinerito, mira a la niña con ademán de sabiondo. Ella, menor que él, sentada al pie de un árbol, lo mira con la boca semiabierta en actitud de asombro o asentimiento. Las jerarquías quedan claras. Al fondo, una casa con techo de dos aguas. El paisaje es rural pero nada presagia los Andes. Al interior del libro, vemos más niños, una mamá, un abuelo, un maestro, vecinos. Todos blancos, como salidos de un suburbio estadounidense de clase media en aquellos tiempos de brutal segregación racial. Los niños juegan entre ellos o con el perro, Fado, entre ejercicios de fonética y escritura, y lecciones que enseñan el amor a la patria, a Dios, a los mandamientos, a los héroes militares.
Pero hay dos personajes que no encajan en este perfil: una mujer con trenzas que viste lliclla, pollera y ojotas y aparece de pie cargando a un niño a quien Fado busca alcanzar con el hocico. A diferencia de los otros personajes, la mujer no interactúa con nadie, ni siquiera con su contraparte masculina, que aparece unas páginas después: es el segundo personaje que no encaja en el conjunto. Se trata de un “indio” sentado sobre un montículo, que toca una quena con un trasfondo de cerros y nubes, y en quien el autor deposita la más insondable y violenta alteridad. Bajo el dibujo leemos:
El indio toca su quena
El indio es bueno y toca su quena
¿Tú tocas quena?
No, yo no toco quena
¿Quién toca quena?
El indio toca su quena
Un libro que enseña a leer y escribir nunca es un libro ingenuo. Enseña a ver el mundo y a verse, (o invisibilizarse), en él. Enseña que “la modernidad tiene un color”, como diría la historiadora Barbara Weinstein. Imparte civilización, prescribe el lugar de cada quién y decide quién no lo tiene; así como quién tiene nombre, afectos, conocimientos, vida, y los puede transmitir, y quién no. En este orden de cosas, mientras el perro tiene un nombre y juega con los niños, “el indio que toca su quena” es solo “el indio que toca su quena”. No toca la quena, toca su quena. El indio no está allí para cumplir una función pedagógica positiva. Está para prescribir una imposibilidad ontológica: decirles a los niños que ellos no son ni pueden ser el indio; que no pueden ni deben ser indios. Por eso, cuando se dice simultáneamente que “el indio es bueno”, la impostación es evidente.
El mensaje queda aún más claro cuando se contrasta al “indio que toca su quena” con otras dos lecciones tituladas “La Patria necesita una niña”, y “El niño que necesita la patria”, donde luego de enumerar las cualidades que deben tener la niña y el niño que sirven a la patria leemos: “Esa niña eres tú, la que lees este libro” y “Ese niño eres tú”, respectivamente. No es necesario mencionar “razas” o fenotipos; la imagen de la portada y el diálogo sobre el “indio que toca su quena”, expulsado de la patria, lo dicen todo.
El Perú de los años en que se publica ese libro era un país predominantemente rural y quechuahablante; indígena, podríamos decir. Hacia 1900, del 60 % a 70 % de la población nacional era quechuahablante y en lugares como Cuzco y Ayacucho el 95 %. En 1940 el número de quechuahablantes había disminuido pero seguía siendo más de la mitad (Alan Durston, La escritura en quechua, Lima: IFEA, 2019). Me pregunto, considerada esta demografía, ¿cómo harían maestros y alumnos de las zonas rurales quechuahablantes para hacer calzar las aspiraciones civilizadoras anti-indígenas de este manual oficial sin causarse a sí mismos un profundo daño psíquico y emocional? ¿Cómo afrontaban esta suerte de pedagogía de la disonancia cognitiva?
Y pienso en mi papá y mi abuela en Musho, donde vivieron mientras ella trabajaba como maestra en la única escuela del pueblo y donde la única diferencia entre mi papá y los demás niños era que él era hijo de la maestra y ellos hijos de los campesinos. ¿Usó mi abuela el manual? ¿Lo tomó en serio? ¿Aprendió mi papá con él a leer en castellano y a menospreciar el quechua que hablaba con sus amiguitos? ¿Qué silencios o vergüenzas tuvieron que habitar, que me heredaron? ¿Qué sentían los niños y las niñas de Musho que se identificaban con la mujer de las trenzas o con el indio quenista, más que con los niños rubios de la portada, si las reglas les obligaban a reprimir aquella identificación? A autoanularse para existir.
Me gustaría decir que este libro es cosa del pasado. Pero usted bien sabe, y tal vez sufre las consecuencias, del poder tóxico que aún ejerce entre nosotros el racismo prescrito con tanta violencia en este manual, entre tantos otros lugares, y del que es parte consustancial la autocomplaciente ilusión de “inclusión del “indio”, que podrá ser “bueno” mientras solo toca su quena, pero deviene en “ciudadano de segunda”, “peor que animal”, u “obstáculo para el progreso”, si se atreve a hablar con su propia voz. Tal vez el racismo sea la mejor fórmula para evitar escucharla.
