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La «plaga» de las congregaciones intervenidas

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Los expedientes se acumulan en el Vaticano. Llegan por tres vías: el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. A estos «ministerios» de la Santa Sede llegan denuncias sobre presuntos abusos de poder, de conciencia o sexuales, además de irregularidades económicas en movimientos y congregaciones masculinas y femeninas de creación más o menos reciente. Según ha podido confirmar LA RAZÓN de fuentes vaticanas, el Dicasterio para la Vida Consagrada tendría hoy por hoy más de un centenar de investigaciones abiertas sobre estos grupos, con varias decenas de fundadores y fundadoras expedientados y bajo examen.

«Después del escándalo de los casos de pederastia, el gran melón que está sobre la mesa son los abusos que se están dando de adultos hacia adultos en el seno de estas realidades», comenta una de las responsables de la lucha contra esta lacra creciente. Así, describe estos hechos como «una plaga estructural que va más allá de que en un convento o en una comunidad haya una superiora autoritaria o un prior con actitudes dictatoriales: es un problema de raíz con tintes sectarios». «No se trata de manzanas podridas, sino de que el propio cesto está corrupto», remarca.

Aunque resulta aventurado elaborar un retrato robot de estas entidades intervenidas, otra voz especializada en este campo explica que «la mayoría de ellos son grupos nacidos como respuesta al aire fresco que representó el Concilio Vaticano II». «En un momento en el que las órdenes más añejas y las congregaciones creadas en el siglo XIX comenzaban a cambiar los hábitos por la ropa de calle y remarcaban su impronta social en sus propuestas pastorales, en paralelo emergía una ola sutilmente reaccionaria, con cierta nostalgia del pasado, que se presentaba y se presenta como defensora de la doctrina auténtica», añade este analista. Y completa: «Son fácilmente identificables, tanto por su vestimenta como por su obsesión por la liturgia, radicalizando, que no purificando, los votos de pobreza, castidad y obediencia desde un control absoluto y jerarquizado, totalmente vertical».

En Roma se alentó durante un tiempo su crecimiento, sobre todo porque gracias a estos pilares aparentemente sólidos experimentaron una primavera vocacional en medio de la sequía laicista occidental. Sin embargo, con el tiempo, se ha ido destapando un «modus operandi» que habla del rigorismo en las formas «para dar seguridad a sus seguidores en medio de la sociedad líquida de Bauman», comenta uno de los expertos vaticanos consultados. Pero, bajo la alfombra, los responsables de estos grupos serían «expertos en la manipulación de las conciencias, utilizando tanto a jóvenes vocaciones como a adultos conversos como peones y, por tanto, víctimas, en tanto que son buenas personas que se fían plenamente de quienes están al mando porque les dan toda autoridad divina y humana».

La gravedad es tal que estos movimientos están hoy comisariados. Es decir, que cuentan con una tutela directa de la Santa Sede a través de obispos o religiosos ajenos a la institución encargados de gobernar y enderezar, si es posible, a las entidades descarriadas.

En unos casos, se ha apostado por la refundación a través de medidas correctivas. Así ha sucedido con el Regnum Christi. La alargada sombra de la doble vida de su fundador defenestrado Marcial Maciel no fue óbice para que la Santa Sede apostara por los sacerdotes que forman parte de los Legionarios de Cristo, las consagradas del Regnum Christi, los laicos consagrados y los demás seglares. Después de un arduo proceso que pasó de la negación al reconocimiento del daño causado y, sobre todo, a la colaboración mutua para salir adelante, Roma aprobó sus renovados estatutos en diciembre de 2024, y cesó toda tutela.

Pero esta fórmula no siempre es posible. «Hay quien intenta justificar la supervivencia bajo el pernicioso argumento de que Dios se sirve de instrumentos frágiles para grandes obras, pero no se puede llamar fragilidad a la pederastia, a una secta o a un lavado de cerebro permanente», comenta una religiosa experta en analizar estos casos. Y es ahí donde se plantea un dilema todavía no resuelto para el Papa, que tiene la última palabra, con una reflexión teológica de fondo. Si se considera que, más allá de los abusos, hay un carisma, esto es, un don del Espíritu regalado a su Iglesia, se apuesta por su continuidad. De lo contrario, si se verifica que la entidad no nació por inspiración divina, sino como fruto de un errado mesianismo o con una pretensión ideológica o económica, se procede a su cierre. Así ha sucedido con el caso más paradigmático en el pontificado de Francisco, que padeció y denunció en primera persona León XIV como obispo en Perú: el Sodalicio de Vida Cristiana.

Fundado en 1971 por el peruano Luis Fernando Figari, se constató que su objetivo era crear un sucedáneo de la Falange española en el país andino con apariencia de plataforma eclesial con varias congregaciones dentro de su paraguas, como las Siervas del Plan de Dios.

Llegó a estar presente en 25 países y pudo malversar fondos por valor de mil millones de euros. Antes de morir, Francisco suprimió todo el engranaje y nombró al sacerdote catalán Jordi Bertomeu como comisario apostólico para desarmarlo completamente e indemnizar a las víctimas.

El mismo destino final han tenido las Hijas del Amor Misericordioso, fundadas en Madrid en 1983 y conocidas como las HAM. Con un informe de más de mil folios del Tribunal de la Rota que recomendaba su cierre inmediato, el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, intentó durante un año tutelar y reorientar a esta asociación pública de fieles que aspiraba a ser congregación. Sin embargo, a finales de este mes de julio decretaba su disolución después de constatar episodios como exorcismos ilícitos, control de los procesos vocacionales, idolatría a la líder… Ellas siempre han negado la mayor en medio de un vergel vocacional con más de un centenar de consagradas jóvenes en sus filas. Desde el Dicasterio para la Vida Consagrada advierten a LA RAZÓN de que no es la única comunidad de origen español que está expedientada. «Tenemos un par de institutos que nos preocupan especialmente por la gravedad de los abusos y por su notoriedad pública», avanzan desde Roma.

A la vista está que puede dilatarse durante décadas ese intento de reconducir la situación. Es lo que sucede con otras dos realidades eclesiales de carácter internacional, actualmente intervenidas, y que tienen una significativa presencia en España. Por un lado, los Heraldos del Evangelio. Fácilmente reconocibles por una indumentaria que evoca de alguna manera a los caballeros medievales, estarían presentes en unos 78 países y se calcula que podrían contar con una red de unos diez millones de miembros y seguidores, entre los que se encontrarían sacerdotes, consagrados y laicos. En 2019 Francisco aprobó el comisariado después de una investigación que arrojó presuntas deficiencias en el estilo de gobierno, el acompañamiento pastoral, la gestión de las obras y la recaudación de recursos. En medio de un conflicto canónico con la Santa Sede sobre esta mediación, el Pontífice argentino eligió al cardenal brasileño Raymundo Damasceno como comisario, que dimitió en 2025 tras presentar un informe final sobre su trabajo. El caso sigue abierto.

En esta misma tesitura se encuentra la llamada Familia Religiosa del Verbo Encarnado, en 45 países, a través de más de 3.000 religiosos, entre el Instituto del Verbo Encarnado, las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará y la Tercera Orden Secular. Creados en 1984 en Argentina, solo once años después la Santa Sede les intervino con hasta tres comisarios pontificios al corroborar abusos sexuales por parte de su fundador, amén de otras irregularidades. Comisario desde 2019, el cardenal español Santos Abril llegó a prohibir que fundaran en más sitios, a la par que denunció el ninguneo al que fue sometido al intentar reconducir la situación. Y es que los religiosos y religiosas del grupo han seguido venerando a su fundador, ya fallecido, como si se tratara de un santo, a pesar de probarse sus agresiones sexuales.

Francisco se plantó cinco meses antes de su muerte y nombró a la jesuitina Clara Echarte y al actual obispo de Málaga, José Antonio Satué, como delegados pontificios con total autoridad sobre estos consagrados. Después de más de un año de seguimiento, hace unas semanas Satué ordenaba una reestructuración de la rama masculina, nombrando a un gobierno en el que ocho de los diez cargos estarán en manos de religiosos y laicos de otras congregaciones como salesianos, capuchinos y pasionistas, reflejo de lo dañada que está la estructura interna.




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