La adicción como herencia
Las redes sociales están diseñadas para generar adicción con la misma deliberación de una máquina tragamonedas en un casino. Sus consecuencias emocionales y sociales, sobre todo en menores de edad, son innegables. Si no fuera así, Meta no habría aceptado pagar $18.000 millones y modificar el funcionamiento de Instagram y Facebook, incluyendo, entre otras cosas, un límite de dos horas diarias de uso para cuentas de menores, para conciliar una demanda colectiva en Estados Unidos.
La noticia es positiva, sin duda, pero no resuelve el problema de fondo. Los padres exigimos a las bigtech restricciones al uso de unas redes que nosotros mismos permitimos instalar, en dispositivos que nosotros mismos compramos. Es un claro ejemplo de transferencia de responsabilidad, porque nosotros mismos, como adultos, tampoco logramos controlar la adicción a estos dispositivos.
Desde luego que el impacto de las redes y su diseño adictivo es mayor en quienes no tienen su lóbulo frontal desarrollado, y que la intervención del Estado fijando límites es necesaria y oportuna, como ocurrió, por ejemplo, con el tabaco. Cuanto más se retrase el acceso a estas drogas conductuales, mejor para el desarrollo del menor.
Pero cabe preguntarse qué heredarán realmente si crecen viendo a sus padres disociados frente a una pantalla. Usted lo ve en cualquier restaurante: las familias se sientan y desenfunda cada uno su dispositivo antes de que llegue el menú. De esa liturgia se salvan, a veces, los abuelos, con la cara de resignación de quien ya perdió la batalla hace tiempo.
El acuerdo de Meta, si bien es positivo, tiene limitaciones. De momento, cubre solo a Instagram y Facebook (ese museo donde difícilmente encontremos algún menor), y no se aplica a TikTok, YouTube o a Snapchat, que es donde realmente encontramos a las generaciones Z y Alfa.
Se aplicará únicamente a cuentas configuradas como de menor, por lo que, si un menor miente sobre su edad, se saltará con garrocha los límites parentales. Los propios padres podrán desactivar las restricciones en las cuentas de sus hijos, lo que convierte el límite en una sugerencia. Habrá que ver cuántos terminan relajándola por presión del hijo o por la comodidad de la niñera digital, como un padre fumador que le compra cigarros a su hijo.
Por último, y pequeño detalle, estas restricciones se aplicarán solo en Estados Unidos. Habrá que esperar a ver si Meta las extiende a otros mercados.
Por tanto, el riesgo principal es que los padres dejemos de supervisar el uso de las redes de nuestros hijos, pensando que ya alguien lo hace por nosotros.
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Mauricio París es abogado.
