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En el corazón de la hípica de Ceuta, refugio de mujeres y niñas: "Muchas agresiones no se denuncian"

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Abrió sus puertas ayer y hoy, a primera hora de la mañana, ha colgado el cartel de completo. El Centro Ecuestre de Ceuta, transmutado ya en un campamento portátil que ofrece una imagen tercermundista, acoge desde hace 24 horas a cientos de mujeres y niñas sin identificar. También hay niños, muy niños. Pequeños inocentes de cuatro, cinco años, que juguetean con caracoles que encuentran entre las hojas de un arbusto de palmito.

Pelo rizado, ojos color miel, sonrisa desordenada, visten harapos marrones y sandalias de cuero en sus pies, los que no van descalzos. A priori, hay capacidad para albergar a 500 personas, que logran dejar atrás asentamiento ilegales en los que han permanecido más de un mes. Ahora tienen lecho en carpas-naves improvisadas sobre una pista de caballos con infinidad de camas portátiles que se encadenan en fila sin guardar ni un metro de separación.

Los baños, también portátiles, son un total de doce, con seis duchas. De madera y plástico. Se sitúan a unos doscientos metros de las carpas, al bajar una cuesta, junto al aparcamiento.

Allí, ocho trabajadores del Ayuntamiento dedicados a las tareas de mantenimiento -algunos de origen musulmán- se desahogan con este diario. "Como no vuelvan todos a su país, va a ser un desastre para nosotros. Porque no van a parar de llegar nunca", advierte uno de ellos. Discuten sobre el número total de ilegales que permanecen en las calles: "Diez mil", dice uno. "No, no, hay más", rebate otro. Es la conversación típica de los últimos días.

En el interior del centro, un trabajador social reconoce la situación límite. "Esto es un centro de emergencia, no de internamiento". Cabe la duda de qué pasará cuando llegue el frío. Porque el proceso de filiación va para largo. "Todavía no se ha empezado, ahora tienen que llegar los funcionarios de Extranjería para empezar con la identificación. Vamos tres semanas tarde", protesta.

Es la última novedad fruto de la iniciativa del mando único que lidera el Gobierno de España: otra instalación más para dar cabida a la cifra indeterminada de inmigrantes que todavía hoy permanecen en la ciudad autónoma luego del asalto de fines de julio. Poco a poco, se empieza a establecer una distribución de los ilegales para lograr varios objetivos. El primero y más urgente: proteger a las mujeres y niñas susceptibles de ser violadas, agredidas, maltratadas o captadas por las redes de trata.

El segundo: facilitar las filiaciones y acelerar los trámites de expulsión. El Ejecutivo trata de segregar a los distintos grupos de inmigrantes para simplificar ciertos trámites burocráticos. Porque no son iguales los magrebíes, que en teoría presentan una menor dificultad para acometer su retorno, puesto que proceden de Marruecos, país calificado como "seguro" por la Unión Europea; que los subsaharianos, más proclives a obtener protección internacional.

La entrada del nuevo centro de internamiento temporal, de la hípica, está custodiada por un único agente de una empresa de seguridad privada. Al otro lado de la puerta, de metal, se agolpan decenas de mujeres inmigrantes que hacen guardia en tiendas de campaña a la espera de poder acceder. Pero, de momento, no es posible.

La misión de dar cobijo a las mujeres y niñas es alejarlas de los presuntos agresores sexuales. No obstante, los operarios de este nuevo centro de internamiento confirman a LA RAZÓN que, con la protección física que hay, parece una tarea harto difícil contener a un grupo de ilegales que en un momento dado intente asaltarlas.

Tanto la Guardia Civil como la Policía Nacional advierten de una cifra de agresiones mayor a la que ofrecen los datos oficiales proporcionados por la Fiscalía, que habla de unas treinta. Lo corrobora un trabajador social. "Hay muchas agresiones que no se denuncian". El principal motivo: por miedo.

Hasta llegar a la hípica, donde, por cierto, se han suspendido todas las actividades, incluidas las terapias para enfermos con síndrome de Down, hay que atravesar la Playa del Trampolín, atestada de magrebíes en chabolas. Allí juegan al fútbol, se bañan en la orilla, se cortan el pelo, se pelean, ríen. La mayoría de ellos van en grupo. O de dos en dos. Rara vez andan solos. Todos portan teléfonos móvil. Muchos de ellos acuden hasta las puertas de la hípica en busca de comida.

Les vigilan impotentes patrullas de regulares del Ejército. Los mismos que custodian los centros comerciales aledaños, para impedir los hurtos. "Parece una ciudad en Estado de sitio", comenta una vecina ceutí que transporta a este diario por las calles invadidas. Una primera panorámica que confiere otra dimensión a una realidad trágica.




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