Jacqueline Kennedy: “Oswald era un títere. Es bastante obvio que él no mató a mi marido”.
El 22 de noviembre de 1963, el mundo de Jacqueline Kennedy se vino abajo con el asesinato de su marido, con la muerte del presidente de Estados Unidos John F. Kennedy. Que se sepa de aquellos hechos solamente habló, con la intención de que fueran publicadas sus palabras, con dos personas: el periodista Theodore H. White y el historiador William Manchester. Las palabras que le dijo al primero, el 29 de noviembre de 1963, sirvieron para construir la leyenda de esa presidencia como Camelot para un reportaje que publicó la revista “Life”. En el caso del segundo, tanto ella como su cuñado Robert F. Kennedy hablaron para dejar testimonio en un libro que debía ser una suerte de versión autorizada por parte de la familia Kennedy de los hechos: “Muerte de un presidente”, volumen que fue un gran superventas en su momento pero que enfadó notablemente a la viuda del presidente y a quien fue fiscal general de Estados Unidos. El volumen incorporaba algunos detalles que podrían considerarse como morbosos, además de algunas críticas a Lyndon B. Johnson como sucesor de JFK. Manchester donó sus cintas con aquellas conversaciones a la John F. Kennedy Library donde siguen hoy lejos del alcance de los investigadores.
¿Habló Jacqueline con alguien más del magnicidio de Dallas? Parece ser que sí. Eso es lo que en unos días explica un libro de memorias polémico que apareció el pasado mes de junio. Las firma Peter Lamas, el que fuera estilista de quien fue primera dama durante mil días. Su título no deja lugar a dudas: “Jackie Kennedy’s Stylist: From Cuban Refugee to the Inner Circles of Power, Beauty, and Fame”.
Lamas presume, con razón, en su libro de haber sido el peluquero de algunas grandes estrellas, como Grace Kelly, Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn y Diana Ross. Él fue el responsable del mítico peinado de Mia Farrow en “La semilla del diablo” y fue el encargado de preparar el cadáver de Judy Garland en su funeral. Procedente de Cuba, poco a poco pudo hacerse un nombre en Nueva York incorporándose al taller del prestigioso salón de Kenneth Battelle donde un día recibió un encargo de su jefe: “Me dijo: ‘Mañana no estaré por aquí. Tú te encargarás de peinar a Jacqueline Kennedy’”, recuerda Peter. “Y la verdad es que me quedé bastante impactado”. Era finales de los sesenta y Jacqueline quedó encantada con aquel estilista, hasta el punto de hacerlo viajar hasta la isla griega de Skorpios para que la peinara el día de su boda con el millonario Aristoteles Onassis. “A lo largo de los años, conocí a dos Jackies. Estaba Jackie Kennedy, viuda de JFK, perfectamente serena, un poco tímida, digna de una manera que se sentía a la vez natural y cuidadosamente protegida. Cuando la peinaba entonces, se comportaba como si todo el país la estuviera observando, y claro que así era. Era callada, amable, consciente de cada gesto. Luego se casó con Onassis y se convirtió en Jackie O. No fue vulgar ni nada por el estilo. Pero algo cambió”, comenta en el libro.
Uno de los momentos más controvertidos de esta autobiografía es una confesión de Jacqueline a su peluquero. Mientras la peinaba para un evento en el Lincoln Center en memoria del presidente Kennedy, Jackie comenzó a hablar sobre el asesinato, algo que nunca antes le había mencionado a Peter. Ella habló de la película que Abraham Zapruder había rodado de los hechos, así como del miedo que sintió a perecer durante el tiroteo en Dallas. Fue entonces cuando aseguró, siempre según el estilista, que “[Lee Harvey] Oswald era un títere. Es bastante obvio que él no mató a mi marido”.
La cosa no acaba aquí porque todavía tuvo tiempo de hacer otra revelación sorprendente, en este caso sobre Marilyn Monroe, de quien se dice que fue amante de John F. Kennedy. La ex primera dama, siempre según el estilista, comentó que «Marilyn no se suicidó. La asesinaron. Puedes apostar a ello», dijo. ¿Quiénes fueron los autores? «Las mismas personas que mataron a mi marido».
¿Y por qué se sinceró con Peter Lamas? En el libro da una explicación el interesado: “Creo que la mayoría de los estilistas te lo confesarán. Nos convertimos en una especie de terapeuta de confianza, o en un sacerdote confesor. Cuando peinas a alguien, le maquillas, le aconsejas sobre el cuidado de la piel, o cualquier cosa relacionada con su apariencia, se convierten en confidentes. Confían en ti porque estás a cargo de uno de sus bienes más importantes y valiosos: su aspecto”.
