Albert Boadella: "El teatro de hoy es una mierda y el problema es el público, que con Franco era mejor"
Atrás quedó el paréntesis de Albert Boadella con Els Joglars. Fueron algo más de diez años alejado de su gente para, entre otras, entregarse a la lírica, pero aquel parón que se cerró con 'El rey que fue', en 2024, queda todavía más lejano con la vuelta del bufón "a casa", apunta. Regresa a la compañía catalana para retomar una pieza que ya visitaron en 2004, 'El retablo de las maravillas', y que ahora cobra una segunda vida en el Teatro Fernán Gómez: "La sociedad ha cambiado, así que vamos a ver esos cambios superficiales. Porque en el interior somos los mismos del paleolítico".
–Hoy tenemos la IA, por ejemplo.
–Es una bestialidad. Es un cambio significativo.
–¿Es estúpido temerla?
–Hay que considerarla que es uno mismo, como si tuvieras un añadido al lado del cerebro con muchísima más memoria que tú. Otro asunto es que termine ocurriendo lo de Kubrick con HAL en '2001: odisea en el espacio'. Es una posibilidad. De momento, noto cierta inclinación "woke" en la IA. Es muy puritana. Si mi posición es insumisa frente a la sociedad me da a escoger cosas del otro lado.
–¿Por qué volver a Cervantes?
–Porque este entremés, que es muy corto, señala una cosa muy de nuestra época.
–¿El qué?
–El complejo a no pasar por retrógrado, por facha, por antimoderno, etcétera. Y para no ser o no parecer eso la gente come lo que sea.
–¿Eso es autocensura?
–Es una especie de autorrepresión, sobre todo, cuando a uno no le gusta pero cree que no puede hacer otra cosa. Una situación que vemos muy especialmente en el mundo de las artes. Si dices que no vas de nada enseguida te llaman primario o facha.
–¿Por dónde pasean a Cervantes?
–Nos imaginamos qué pensaría Cervantes si hoy aterrizara, por ejemplo, en el Museo Reina Sofía. En El Prado vería cosas de su nivel; comprendería el lenguaje. O qué pensaría si lo llevamos a un restaurante de alta cocina en el que pagas una fortuna por miserias y cosas extrañas.
–Ha fantaseado con Cervantes, pero ¿usted qué pensaría si pisase hoy el Reina?
–Yo sería mucho peor. Él era un hombre educado y yo puedo ser bastante impertinente. No me interesan algunas cosas del mundo actual, pero creo que las artes plásticas han tomado el camino del egocentrismo del artista: yo me lo guiso y yo me como. Han cortado la comunicación con el público. Se han convertido en billetes de banco, en un mundo financiero. No se compran las cosas porque gusten, sino porque valen un pastón.
–¿Qué haría Cervantes en la Ceuta de hoy? ¿Se pondría a escribir, saldría corriendo, se manifestaría...?
–Esto da para mucho. Da para una obra de teatro. Es una pérdida de lo esencial. No solo es una frontera española, sino que también es europea. Y ha entrado una avalancha de personas inducida por un Estado. Pueden culpar a los esquimales y a los israelíes, pero el hecho es que solo hay un país que ha manifestado que Ceuta y Melilla son de Marruecos. Por tanto, sabemos quién tiene la responsabilidad. No puede ser que nos invadan y se les dé las gracias.
–¿Por qué ese vasallaje?
–Intereses ocultos que nosotros desconocemos. Aquí hay gato encerrado.
–Volviendo a esa "autorrepresión": ¿no se puede ser de derechas en el arte, en el teatro?
–La historia de derechas e izquierdas se me hace muy abstracta porque es un juego de intereses políticos muy concretos. Prefiero hablar de una idea liberal de la vida y conservadora al mismo tiempo, pero conservadora de las cosas que vale la pena mantener, porque, claro, en nuestra historia hay cosas excepcionales. El futuro siempre es incierto. No existe. No se puede guardar. Y el presente tengo que pasarlo por un filtro. Pero en el pasado hay certezas. Por lo tanto, tener esta actitud hoy es casi revolucionaria. Todo es enormemente superficial y político; y eso no me interesa. Entiendo que la izquierda ha sido muy importante para determinados hitos históricos, como en la época de la industrialización; pero en el mundo actual es absurdo: la derecha acepta las mismas cosas, como el subsidio de paro, el aborto, el divorcio...
–Bueno, la derecha de la derecha sí ha reabierto debates como el del aborto.
–Hay unas actitudes más reflexivas y otras más impulsivas; y esto, llevado a una ideología más conservadora, puede ser extremo.
–Los sondeos, salvo el del CIS de Tezanos, claro, hablan de un desplome de la izquierda.
–Está deconstruida completamente. No tiene lenguaje, no tiene cosas esenciales que ofrecer. Está en caída libre. Se ha convertido en una secta. Es una cuestión de fe. Es algo que ha sucedido con las religiones. Cuando se ha creído en Dios no ha habido problema, pero cuando se ha tenido fe en un obispo o un papa han aparecido los problemas.
–¿Creer en Sánchez ya solo es una cuestión de fe?
–Es aferrarse a un clavo ardiendo. Es un suicidio. Otra cosa es formar parte de la empresa, como ya ocurrió en Andalucía, donde tres cuartas partes estaban empleados. En ese caso te van los cuartos y el pan.
–¿La izquierda, como los artistas, ha roto la comunicación con su público?
–Tiene que ver. El teatro ha sufrido algo que parecía positivo en un principio, que es lo que yo llamo la cultura de Estado. Los Estados han tomado el protagonismo de la comunicación cultural con los teatros y los museos. Pero lo que nos encontramos es que si te opones al gusto de la administración política reinante se te pueden cerrar el 90% de las puertas. Eso ha sido muy malo para nuestra profesión porque el Estado tiene muchas puertas y muchos medios. En el momento en que el teatro no se paga en su valor real ya comienzan los problemas. Cuando te sientas en una butaca de 200 euros y pagas 20. El teatro podría tener un precio asequible; 50 euros sería un gran paso hacia la libertad. La comunicación entre artista y público sería directa.
–¿Se llenarían los teatros a ese precio?
–Sin duda. Y todavía más. El teatro es un impulso natural del género humano, tanto del que lo hace como del que lo recibe. Igual que cantar en directo. La cuestión es qué ofrece el teatro de actual: pequeñas comedietas de parejas y tríos. Un mundo insípido. Antes tenía una dimensión épica. Hablando en plata: el teatro de ahora es una mierda. El problema es el público. Jamás había visto uno tan dócil, incapaz de patear una obra o de silbarla. El público de hoy aplaude y se levanta ante cosas infumables. Es completamente manso; está domesticado. Es el peor público que he visto en mi vida. El de la época de Franco era muchísimo mejor. Era crítico ante lo que no le gustaba. Yo he asistido a pateos y a representaciones inacabadas. Curiosamente, en mitad de una dictadura el público era más rebelde.
