Uno nunca sabe en qué momento exacto de su vida va a encontrar la luz que estaba buscando. Esta iluminación imprevista puede llegar en forma de pareja, de oportunidad profesional o de conversación sanadora. En el caso de la vocación espiritual, esta inspiración es la llamada de Dios, siempre puntual y siempre importuna. La hermana Edit experimentó esta claridad a los 21 años, cuando creía que su futuro estaba en el matrimonio y la maternidad. No se imaginaba que el Señor le tenía preparado un camino de celibato, vida en comunidad y contemplación junto a las Hermanas Pobres de Santa Clara , del Convento de Santa Verónica en Murcia. Fue durante una peregrinacion a Medjugorje (Bosnia y Herzegovina), donde supuestamente la Virgen se ha aparecido en numerosas ocasiones desde 1981, que organizó la parroquia de una amiga suya. Allí se encontró con la voluntad de Dios y sintió un «flechazo» , el inicio de una vida enamorada y entregada que quiere dar a conocer a miles de jóvenes que se planteen su camino hacia el Cielo. Algunos la conocen ya gracias a las redes sociales ( @hermanaspobres ). La hermana recuerda aquella primera luz en el podcast 'Se buscan rebeldes'. También relata su infancia en una familia cristiana pero alejada de cualquier convento de clausura y cómo el ejemplo de otras hermanas le animaron a entregarse por amor y con amor. «Soy mitad francesa, mitad española . Mi madre es española, murciana, y mi padre, francés. Y yo nací en París», apunta. Su infancia la define como «muy sencilla, muy normal, pero muy feliz», en la que sus padres le transmitieron la fe y el ejemplo de una familia cristiana. Desde pequeña tenía la idea de casarse algún día, siguiendo el ejemplo de sus padres: «El matrimonio de mis padres era un matrimonio ideal, crecí en ese ambiente y yo pues tenía la idea y el deseo de casarme y de tener hijos , muchos hijos». No conocía otra alternativa, ya que «por la zona donde vivía» no había comunidades de hombre y mujeres religiosos. La Edit adolescente llegó a creer que «la vida religiosa era una forma de vida ya obsoleta, que se estaba muriendo». Mientras esa realidad de la Iglesia tenía fecha de caducidad, su grupo en la parroquia le daba la dosis de Dios justa para seguirle de una forma más madura. «Tenía un grupo de amigos muy bueno, era feliz, disfrutaba mucho de la vida, tenía todo lo que una joven hubiera deseado y necesitado. Me faltaba enamorarme», confiesa. Sentía que tenía todo lo necesario: las ganas, el apoyo familiar, la paz interior; «pero un detalle, no tiene novio». Conoció a algún chico pero nunca «llegaba a enamorarme ». El gran cambio de su vida llegó a los 21 años. «En estos últimos meses fue creciendo en mí una inquietud y un deseo de saber lo que Dios quería. Pero yo no tenía otra opción fuera del matrimonio tampoco. Ahí estaba el pretendiente, pero yo no lo sabía», reconoce. En un campamento de la parroquia se desahogó de estas inquietudes con uno de los catequistas y a las dos semanas recibió su primera luz durante una peregrinacion Medjugorje. Viajó desde París hasta Murcia para encontrarse con una amiga e iniciar juntas la peregrinación mariana. En la región española se encontró por primera vez con una comunidad de monjas, ya que en su casa en Francia apenas existía esta realidad. «Estaba sorprendida porque nunca había visto hermanas. Fui la tarde antes de ir a la pregrinación, ahí las conocí y ahí para mí fue como un flechazo », confiesa. Lo que más le emocionó fue ver a «mujeres felices, guapas, normales» y que hubiera «gente graciosa» vestida con el hábito. «El Señor también llama las guapas», afirma entre risas. Aquellas monjas le animaron durante su breve conversación a buscar en lo profundo de su corazón la voz de Dios. «Me dieron un buen consejo, me dijeron, 'Aprovecha y pregúntale al Señor lo que él quiere, no lo que tú quieres, sino lo que él quiere», recuera. Se fue a la peregrinación «con las hermanas en el corazón» porque aquella visita exprés «me marcó mucho». Una vez llegó al santuario mariano en Bosnia, se puso manos a la obra con el discernimiento de su camino de santidad. «Le pregunté —a Dios— y entonces me contestó, lo supe en el corazón. Supe en el corazón que me había hablado y que me había dicho, 'Vete a pasar unos días al convento'», comenta. Aquella luz fue la respuesta oportuna a su inquietud. La hermana Edit explica para aquellos que no lo hayan experimentado todavía que la voz de Dios no es un estímulo común como el de las conversaciones o una canción. «Era una voz, aunque no la oí, pero se siente, se siente y me dio muchísima paz y muchísima alegría. Creo son los dos grandes signos del Espíritu Santo: la paz y la alegría en el corazón», añade. La joven de 21 años se llenó de paz y alegría al comprender que Dios le pedía una vida entregada, aunque al mismo tiempo vivió «una lucha interior». Tenía que renunciar a algunas partes de su vida que hasta el momento le eran naturales por perseguir ese sueño de Dios para ella. «Volví a Murcia», donde se reunió con su familia de Francia en el lugar donde veraneaban. «Llamé a las hermanas, les pregunté si podía quedarme en el convento unos días y me fui en agosto». Lo demás es historia. Edit conoció un horizonte nuevo a través de aquella visita inesperada junto a una amiga al convento y desde entonces su vida está definida por un amor más grande que el de cualquier matrimonio.