La crónica es como el género chico de la literatura. O como los Madriles de otrora, barrios bajos allende las lindes de la Villa y Corte. Un arrabal de fisonomía literaria incierta. Se mezclan en ella el relato riguroso de los hechos con la pronunciada idiosincrasia del narrador. Tan pronto se afirma en distancia desapasionada como se eleva en vuelo lírico. Describe, juzga, evoca, deleita. Arte menor, curiosamente le viene ni pintiparado a la fiesta de toros, paradigma de las artes. En busca de lo máximo en lo mínimo andaba el estudiante Antonio Díaz-Cañabate cuando hacía novillos para ir a los toros del Portillo de Embajadores a ver el «juego de las navajas». Ahí, de boca del señor Antolín, devoto...
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