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Habla la generación de profesores de 'la vieja escuela': «Hoy lo emocional es más importante que el conocimiento»

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Abc.es 
Después del varapalo que ha supuesto PISA , la educación española atraviesa una profunda crisis de identidad que enfrenta a dos modelos pedagógicos antagónicos. Frente al auge de la educación por proyectos, la rebaja de la exigencia académica y una creciente atención hacia el bienestar emocional, veteranos docentes de la 'vieja escuela' alzan la voz para diagnosticar el deterioro del sistema. Con décadas de experiencia en las aulas, estos profesionales jubilados contemplan perplejos cómo la transmisión rigurosa del conocimiento ha ido cediendo espacio a formas de dar clase orientadas al plano ideológico y emocional , donde el esfuerzo individual ha quedado relegado, en un segundo plano. El diagnóstico de esta generación apunta a un cúmulo de desdichas: la pérdida de autoridad del profesor, la sobreprotección de unas familias que cuestionan su criterio y la aplicación de leyes que han diluido las materias tradicionales. Para estos catedráticos y profesores, la degradación de la comprensión lectora o el nivel matemático no es un accidente, sino más bien la consecuencia de haber despojado al profesor de su rol de sabio y referente. Para mitigar al docente «amiguete» y la burocratización de la enseñanza, la 'vieja guardia' reclama un giro radical: recuperar el mérito , la neutralidad en el aula y el valor sagrado del saber. «No volvería ni loco a dar clase» . Es lo primero que dice este catedrático de Matemáticas, aliviado, al preguntarle por los desastrosos resultados españoles en PISA que conocimos hace unos días. Antes de jubilarse, José Antonio Martínez era profesor en el instituto público Pio Baroja, en Madrid, donde también fue director. Martínez es miembro del Consejo Escolar de Estado y, en su día, fue el impulsor de la Asociación de Directores de Instituto. «Hoy está el asunto de la diversidad, del bienestar educativo… En su día, nosotros estábamos a los contenidos, a dar clase. Hoy lo emocional es más importante que el conocimiento», introduce. Este docente retirado, con casi 40 años de profesión a sus espaldas y que nunca perdió su vocación, recuerda que cuando él empezó, en el año 78, sólo tenían que negociar sus condiciones con un ministerio, pero ahora hay 17 negociaciones distintas. «Hoy los docentes están todo el día en la prensa y quizá se desenfoca lo verdaderamente importante. Antes no era así», explica. En cualquier caso, Martínez cree que las leyes educativas son más bien «papel mojado» cuando se llega al aula y que la decadencia del modelo se explica, más bien, por un cambio en la sociedad. «Parece que cuando decimos que estábamos más centrados en el conocimiento, no nos preocupábamos por que los estudiantes socializaran o se comportaran. Eso no era así. Estábamos muy implicados, pero es que hoy parece que a todos los alumnos les tiene que pasar algo , y eso es negativo», opina. En su última etapa en el instituto observó que se fue perdiendo la competencia sana entre los alumnos por sacar buena nota, por ser el mejor. «Recuerdo que había que hilar muy fino para darle la matrícula a alguien, porque tenías a gente muy buena, que funcionaba, que se esforzaba. Eso ahora ha pasado a un segundo plano. El nivel es muy inferior al de entonces, cuando a ningún alumno se le regalaba nada». Pero luego aparecen, claro, las familias y su cambio de actitud respecto a la escuela. «Los padres de antes les repetían a sus hijos que su obligación era estudiar. Aparentemente, parecía que estaban más distantes, pero en realidad estaban mucho más pendientes que ahora . Ahora son colegas de sus hijos y, si se aburren, desde pequeños, les dan una 'tablet' para que se entretengan». Este antiguo director tiene, además, una opinión muy clara sobre la autoridad. «Creo que no se puede culpar a los alumnos de la pérdida de autoridad. La autoridad hay que ganársela, no la tienes por el hecho de ser docente. Estoy en contra del profesor 'amiguete'». Para José Antonio Martínez, todo se resume en volver a respetar tres cuestiones «sagradas»: el mérito, la capacidad y el saber. A sus 90 años, Carmen Leal conserva intacta la vocación que durante 35 años la llevó cada mañana al aula. Profesora de Lengua Española jubilada desde hace más de dos décadas, sigue vinculada a la enseñanza desde La Rioja, su tierra natal, a través de los libros y artículos sobre pedagogía que continúa escribiendo. Con la perspectiva que le proporcionan casi cuatro décadas de profesión, Leal observa con «preocupación» e «indignación» la deriva de la educación pública española. Los resultados de PISA han hecho que la situación «traspase los límites del desastre» , dice. A su juicio, los profesores han ido perdiendo protagonismo como transmisores de conocimiento y también parte de la vocación que, considera, debería definir la profesión. « Están más preocupados por seguir las consignas que marcan los políticos que por educar a unos alumnos que serán el futuro del país. Los profesores de hoy en día prefieren dar charlas ideológicas a sus alumnos en lugar de despertar su interés por el conocimiento», afirma. Otro de los males de la educación que vincula con los docentes es «la pérdida de la cultura del esfuerzo ». «No se la aplican a ellos mismos y, por eso mismo, son incapaces de transmitirla a sus alumnos». Su diagnóstico es especialmente crítico con el sistema en Cataluña, donde ejerció. «Parece que lo único que le preocupa a la Generalitat es que los profesores dominen el catalán; si tienen nivel sobre la materia que imparten o si dominan suficientemente el inglés no les importa tanto», sostiene. La inmersión lingüística está, dice, directamente relacionada con los malos resultados de Cataluña en Lectura. «Es imposible que mejore la comprensión lectora cuando la mayor parte de los niños no entiende la lengua de enseñanza ». Para Leal, hay un último gran problema: la falta de autoridad de los docentes. «Los profesores no saben imponer su autoridad y están menos formados, con lo que el pilar del sistema se tambalea», señala. Y añade: «Si a ello le sumas que es imposible repetir curso, el desastre está asegurado». Pese a su visión crítica, Leal sitúa en el profesor una responsabilidad esencial para recuperar el sentido de la enseñanza. «La función del profesor es enseñar a pensar a sus alumnos, darles armas para que tengan un pensamiento crítico», afirma. Para ello, concluye, hacen falta «mucha formación» y respeto a la «neutralidad ideológica en las aulas» , dos elementos que, a su juicio, se han debilitado especialmente en la escuela catalana. Hace 25 años, cuando Fernando del Castillo impartía Lengua y Literatura Española en el instituto La Serreta de Rubí (Barcelona), sus alumnos le escuchaban con atención y él se sentía «escuchado y respetado». Este profesor, ya jubilado pero todavía vinculado emocionalmente a la enseñanza, recuerda un sistema en el que «las reglas estaban claras», incluida la de «cuál era el valor de la docencia». Los últimos resultados de PISA no le han sorprendido y achaca a la pérdida de formación y exigencia del profesorado el deterioro. «Los profesores de hoy no tienen nada que ver con los que había hace 30 años». En su opinión, los institutos estaban antes llenos de profesionales con una sólida preparación académica. «Llegar a un instituto era llegar a un lugar con un montón de sabios, profesionales con formación y mucho conocimiento, con publicaciones científicas y formación continua». Frente a ello, dice, «la mayoría realizan cursillos de un nivel muy inferior ». Y defiende que se ha bajado mucho el listón en las oposiciones porque se necesita profesorado. «Hay profesores que están impartiendo clases de Literatura y no se han leído obras fundamentales como 'La Celestina' », cita algo escandalizado. El docente critica además que los centros hayan ido relegando los contenidos académicos en favor de actividades de carácter emocional. «Llevamos años sacrificando tiempo lectivo en las aulas para ganarlo en charlas sobre la identidad de género, la amistad o la educación sexual», señala. A su juicio, estas cuestiones pueden abordarse, pero «no a costa de las Matemáticas», porque los alumnos necesitan «conocimientos básicos». A esta situación se suma la expansión de la «educación por proyectos» , que, según sostiene, «diluye las materias y las rebaja» , y la dificultad para que los alumnos repitan curso. El resultado es «una auténtica bomba atómica». Pero Del Castillo culpa también a las reformas educativas. «Nadie le ha pedido responsabilidades al PSOE por el gran error que fue eliminar la EGB», afirma, y considera que leyes como la Lomloe han agravado la situación . En Cataluña añade otro elemento: «La obstinada insistencia por la inmersión lingüística ha sido la estocada final». «¿Cómo va a haber una buena comprensión lectora si la mayoría de los alumnos se escolarizan en una lengua que no es la suya?», se pregunta. El profesor reconoce que el sistema tiene «una parte importante de culpa», pero también reclama responsabilidad a los docentes. «Se ha dejado de inculcar al alumnado la cultura del esfuerzo porque ellos no la tienen interiorizada», sostiene. A su juicio, también se ha perdido la capacidad de transmitir «el deleite del conocimiento», lo que termina provocando el aburrimiento de los estudiantes. Para Fernando del Castillo, la raíz del problema está asimismo en la «falta de vocación» que percibe en las aulas. La solución exigiría, en su opinión, un cambio profundo: «Debería cambiar radicalmente el escenario y recuperar la EGB, la cultura del esfuerzo, reforzar la transmisión de conocimiento y mejorar la formación del profesorado». Y advierte: «Si no damos un giro rápido, los países asiáticos se nos comerán ». En febrero del año que viene, Gloria López dejará de dar clase en el colegio madrileño Patrocinio de María, donde lleva más de 30 años y lo ha sido todo: profesora de Biología y Matemáticas en Secundaria, jefa de estudios y directora. Esta bióloga, que cogió la tiza por primera vez en 1993 y aún sigue ilusionada con su trabajo, ha observado un claro deterioro del nivel en los últimos tiempos. Al igual que tantos docentes de otra época, ve que antes «el conocimiento era lo importante y el profesor era el encargado de transmitirlo». Pero luego, relata, el modelo fue cambiando y se empezó a insistir en «la diversidad, en que cada alumno era distinto». «El conocimiento ya no es lo único y el profesor ya no está en el centro, ya no organiza. Ahora el alumno es el protagonista de su propio proceso de aprendizaje», ilustra. El docente, dice, ha quedado desplazado. Pero la actitud de los padres tampoco ayuda. «Cuando yo empecé, las familias insistían a sus hijos en la obligación de estudiar y respetaban la valoración del maestro. Ahora, lo que dice el niño es palabra de Dios », asegura López. Esta profesional reconoce que muchos compañeros de la siguiente generación pecan de estar «demasiado centrados en sus reivindicaciones sindicales». «Creo que antes éramos más profesionales, nos importaba más la educación. Ahora noto que hay mucho más absentismo . Era raro que faltáramos al trabajo, no nos poníamos malos. ¿Será que teníamos mejor salud?», comenta entre risas. Todavía le sorprende que para poder expulsar a un chaval fuera de clase cuando no deja de incordiar «haya que abrir un expediente». O, incluso, le deja perpleja lo complicado que resulta «extraer» un teléfono móvil. «¿Te puedes creer que hay muchos padres que les llaman en mitad de clase?», confiesa. Lo que se estila es, dice, que los profesores «sean colegas de sus alumnos, que no les expulsen ni les quiten el móvil. Y así, no se logra ser una referencia. Yo no digo que el docente tenga que ser autoritario, pero sí tiene que ser un modelo». López cree que, además de que vaya desapareciendo la cultura del esfuerzo y la disciplina, tampoco hay tolerancia a la frustración por parte de los estudiantes. Por no hablar de los métodos para evaluar. «La nota ya no refleja el conocimiento, no nos permiten que sea más del 60%». Esta profesora, con más de tres décadas de experiencia, considera que la suya es «una profesión apaleada». «Si hay problemas con la tecnología es responsabilidad de los profesores, si hay traumas emocionales, también. Incluso cuando aparece el 'bullying' se nos mira como únicos culpables. Hoy en día, el acoso empieza en casa, cuando los adolescentes se intercambian mensajes por las redes sociales durante el fin de semana. Muchas veces nosotros llegamos tarde, cuando el problema ya existe». En cualquier caso, López opina que hemos sublimado hasta tal punto «lo emocional» que hoy «todo se considera bullying».



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