La estafa era burda, aunque muy lucrativa y aparentemente sin riesgo: comprar vuelos nacionales a bajo coste, facturar el equipaje y cobrar después la indemnización por extravío. En definitiva, la pesadilla de cualquier viajero, despojado a la fuerza de sus enseres y con una tediosa reclamación por delante, que este clan de Villaverde había convertido en su particular gallina de los huevos de oro. Y para ello, ni perdían las maletas ni tampoco nadie se las había llevado por error. Pero a ojos de la compañía aérea, una de las más importantes que opera en España, la reclamación era perfectamente válida. Hasta que la multiplicación de incidencias, un total de 71 provenientes del mismo entramado, hizo saltar la treta por...
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