Con 31 años, Enrique Porta Serrano abrió Derby en la calle Albareda de Sevilla. Emigrante en Cuba, este barcelonés regresó a España cuando estalló la Guerra Civil y formó parte de la denominada «quinta del biberón», con la cual participó en la batalla del Ebro. Esa trágica experiencia forjó su carácter y en el arte de la sastrería, su temprana vocación, encontró seguramente el propósito de su vida fundando una de las pocas sastrerías que sobreviven en Sevilla. Su hijo Enrique Porta Adame, que pronto cumplirá 77 años, recogió su legado y lo hizo crecer en medio de más competidores y dificultades. Ahora el negocio está en manos de su hijo Fernando Porta Martín, cuya tenacidad y buen hacer recuerdan a las de su padre y su abuelo. -¿Qué legado le gustaría dejar en Sevilla, aparte de su tienda, su taller y sus clientes? -Nos gustaría hacer una escuela de sastres para que este oficio no se pierda en Sevilla. Yo tengo un oficial que se acaba de jubilar al que no le importaría continuar. Es un proyecto muy bonito en el que está dispuesto a implicarse gente que ama este trabajo pero necesitamos alguna ayuda pública para abrirla. Para darle continuidad a este oficio. Hace falta una formación de tres o cuatro años y sin talleres de sastrería es imposible aprenderla. -¿Su padre fue autodidacta? -Entonces no había escuelas y mi padre aprendió prácticamente solo. Después contrató sastres con los que aprendió mucho. -¿Sus empleados son de Sevilla? -La mayoría son de fuera de España. Sobre todo, de Sudamérica. -¿Sevilla es una ciudad agradecida? -Si no estuviera contento en Sevilla, no estaría aquí. Todo el mundo quiere venir a Sevilla, algo tendrá. Yo creo que ha sido agradecida con nuestro trabajo, a lo mejor esta tienda, que tiene ya 75 años, quizá mereciera algún reconocimiento, una medalla de Sevilla. Se la han dado a muchos negocios, especialmente bares. Quizá nos la merecemos también, pero hablo de la tienda, no de mí.