Mi padre murió con setenta y un años. Mi abuelo también murió a los setenta y tantos. Yo arrastro sesenta y uno. Sería temerario suponer que llegaré a los ochenta años, un umbral que mi padre y mi abuelo no alcanzaron a cruzar. Sería prudente pensar que me quedan diez años de vida. Me gusta planear mi vida, o lo que me queda de ella, pensando que moriré a la edad en que murió mi padre. Por eso ahora mismo estoy volando a Monterrey, México, ciudad que no conozco, para presentarme en una feria del libro a la que yo mismo me he invitado, y la próxima semana, si hay viento a favor, llegaré con entusiasmo a Montevideo, para colarme...
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