Cuando lo impensable se vuelve políticamente aceptable
En la década de los 90, Joseph Overton desarrolló una teoría que hoy se estudia en facultades de ciencias políticas, comunicación y políticas públicas en todo el mundo. La idea es sencilla pero poderosa: los políticos rara vez proponen aquello que personalmente consideran correcto; suelen impulsar aquello que creen que la sociedad está dispuesta a aceptar. Ese rango de ideas socialmente aceptables es lo que se conoce como la ventana de Overton. Y, como toda ventana, no permanece inmóvil; se desplaza.
Ideas que ayer parecían impensables pueden convertirse, con el tiempo, en propuestas razonables y, finalmente, en políticas públicas. Del mismo modo, posiciones que durante décadas fueron parte del consenso pueden terminar siendo políticamente inviables. Costa Rica parece estar viviendo precisamente uno de esos momentos.
Durante buena parte de nuestra historia democrática existió un consenso relativamente estable sobre el funcionamiento del Estado, el papel de las instituciones, la relación entre los poderes públicos y el tono del debate político. Las diferencias eran importantes, pero se discutían dentro de ciertos límites compartidos. Hoy esos límites parecen haberse desplazado.
No se trata únicamente de un discurso más confrontativo. Lo verdaderamente significativo es que temas que hace apenas diez años habrían sido considerados inaceptables forman parte de la conversación política cotidiana. Las críticas abiertas al Poder Judicial, al Tribunal Supremo de Elecciones, a la Contraloría General de la República, a la Asamblea Legislativa o incluso a la prensa ya no generan el mismo rechazo automático de antes.
Los resultados electorales recientes parecen confirmar ese desplazamiento del debate público. Independientemente de si esas críticas son justificadas o no, lo relevante es que hoy son políticamente posibles. Ese es, precisamente, el fenómeno que describe Overton.
Muchos analistas atribuyen este cambio exclusivamente al estilo de liderazgo que ha predominado en los últimos años. Sin embargo, la teoría sugiere algo distinto: los líderes rara vez crean la ventana; más bien aprovechan una que ya comenzó a abrirse. Son, en gran medida, intérpretes del estado de ánimo de la sociedad.
¿Por qué ocurrió ese desplazamiento en Costa Rica? Probablemente no exista una única respuesta. Décadas de crecimiento económico insuficiente, desigualdad persistente, una burocracia percibida como ineficiente, escándalos de corrupción, lentitud judicial, inseguridad creciente y una sensación de desconexión entre las élites políticas y la ciudadanía fueron erosionando la confianza en las instituciones.
Y cuando la confianza disminuye, también cambia aquello que la sociedad está dispuesta a escuchar. Lo que antes parecía radical comienza a percibirse simplemente como una alternativa.
Aquí surge una advertencia importante. Mover la ventana de Overton no es, por definición, algo bueno ni malo; es un fenómeno político. La historia ofrece ejemplos positivos, como la expansión de los derechos civiles, el sufragio femenino o la protección ambiental. Pero también muestra casos en los que discursos autoritarios terminaron normalizándose hasta convertirse en políticas de Estado.
El verdadero desafío consiste en distinguir entre reformar instituciones porque necesitan modernizarse y debilitarlas porque han dejado de resultar políticamente convenientes. Al respecto, no tengo dudas en reconocer que Costa Rica necesita reformas profundas: requiere un Estado más eficiente, una justicia más ágil, mejores servicios públicos, una regulación menos asfixiante y una administración capaz de responder a las demandas ciudadanas.
Pero también debemos preguntarnos si, en el afán de romper con el pasado, estamos desplazando la ventana hacia un punto donde la descalificación sustituya al diálogo o que el desprestigio institucional sustituya la rendición de cuentas.
La democracia costarricense siempre se distinguió por una virtud poco espectacular pero extraordinariamente valiosa: resolver los conflictos mediante instituciones y no mediante la confrontación permanente. Esa tradición también forma parte de nuestra ventana de Overton.
Quizá la pregunta más importante no sea si la ventana se está moviendo, porque claramente lo está haciendo, sino hacia dónde queremos que se mueva. Las ventanas nunca permanecen abiertas en un solo lugar y el nuevo paisaje político dependerá, en buena medida, de las decisiones que tomemos como sociedad.
Esa decisión no corresponde únicamente a los políticos. Depende también de una ciudadanía informada, crítica y dispuesta a participar constructivamente en la vida pública. En democracia, el espacio de lo políticamente aceptable no se define solo desde Casa Presidencial o la Asamblea Legislativa; también se construye en las universidades, en los medios de comunicación, en las empresas, en las organizaciones de la sociedad civil y en las conversaciones cotidianas.
Si renunciamos a participar, ya sea por apatía o por temor a represalias, otros moverán la ventana por nosotros. Pero si participamos con argumentos, respeto y compromiso con el bien común, podremos contribuir a que ese desplazamiento fortalezca y no debilite nuestra democracia.
Al final, la ventana de Overton no solo refleja el país que somos; también anticipa el país que estamos construyendo. La dirección que tome dependerá, en buena medida, de la calidad de nuestra participación cívica y de nuestra capacidad para convertir el debate político en una herramienta de construcción, y no de división.
esoley@ecija.com
Elías Soley Gutiérrez es socio de ECIJA y exembajador de Costa Rica ante la OCDE.
