La sociedad contemporánea tiene una relación muy extraña con el pasado. Lo investiga y lo cita, pretendiendo encontrar en él razones y legitimidad para las luchas políticas del presente, pero también lo rechaza y lo esquiva, temiendo encontrar trapos sucios que avergüencen. Cuando se trata de obras arte, pone cartelitos que advierten sobre las terribles aberraciones que se toleraron hace cincuenta, cien, quinientos años, pero que hoy pueden corromper la pulcra mirada del espectador contemporáneo. A veces el pasado nos sirve, porque se deja instrumentalizar; y a veces nos incomoda, porque no se ajusta a la última pirueta moralista demandada en el presente. Tal vez esto habla de cierto narcisismo e infantilismo contemporáneo. No aceptamos que el pasado sea una...
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