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Январь
2026

El grito de Liliana desde Huelva

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Usamos el vocablo grito en la tercera acepción recogida por el Diccionario: «Manifestación vehemente de un sentimiento colectivo». Porque eso, y no otra cosa, fue la acción de gracias de Liliana Sáenz de la Torre, hija de una de las fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz, en la parte final del funeral diocesano con que Huelva lloró a los suyos. Hoy esta sección traspasa excepcionalmente los límites de la archidiócesis hispalense para detenerse en la misa onubense, convertida casi en funeral de Estado por la presencia de los Reyes, tres ministros del Gobierno central y el presidente de la Junta de Andalucía. No es este el sitio para desentrañar las derivadas políticas ni sociológicas del servicio religioso sino para poner la lupa sobre la eucaristía en sí. Que comenzó con unos minutos de retraso, pero que se mantuvo por debajo de la hora y media de duración, con cantos, monición de entrada a cargo de monseñor Argüello y el grito de Liliana, a la que hay que reprocharle cariñosamente que se extendiera (unos nueve minutos de emoción contenida) más que la propia homilía de don Santiago. Se le perdona, por supuesto, porque estuvo muy bien dicho -y redicho- cuanto dijo recogiendo el sentir de todos los presentes. A los comentaristas de la televisión se les puso un nudo en la garganta después de escucharla: doy fe. En cuanto al resto de la celebración eucarística, todo fue muy sencillo, pero a la vez, muy sentido. El exorno con rosas rojas bordeando el presbiterio y el tapiz anaranjado aportaba la calidez normalmente ausente en los recintos deportivos. Pero no nos engañemos: el ambiente lo caldeaban los corazones silentes de las víctimas y sus familiares, que ocupaban la pista realzando así el protagonismo debido. Los Reyes, sin dosel ni reclinatorio, en el lado del Evangelio, como debe ser. Un silencio respetuoso acompañó en todo momento el oficio divino, sólo interrumpido cuando a monseñor Vilaplana , el querido prelado emérito de Huelva, emocionado, se le trabucó un renglón y dejó sin leer el nombre de una de las víctimas mortales en el memento de difuntos de la plegaria eucarística. Después, él mismo, con la mayor naturalidad, pidió perdón y leyó el nombre extraviado. Qué hermosos son los salmos cantados y cómo llena cuando también se canta el Evangelio por un diácono que sabe hacerlo. En la oración universal se pidió por el Rey y la nación , pero no por los gobernantes, detalle que puede parecer banal pero que en medio de la tensión política que vivimos no deja de ser significativo. En la homilía, el obispo onubense hizo lo que recomienda el ritual de exequias: predicar para todos, cualesquiera que sean las motivaciones que los hayan llevado hasta el funeral, sin hacer propaganda . Fue una prédica asequible y directa en la que instiló las suficientes gotitas de conciencia social: «Es necesario esclarecer la verdad de lo ocurrido y actuar con justicia, para que su sacrificio no sea olvidado y para que, en la medida de lo posible, se eviten tragedias semejantes en el futuro». Medido pero certero. El prefecto de Liturgia y párroco de San Pedro, Francisco Feria, logró que todo ensamblara a la perfección desde el punto de vista litúrgico. No era fácil. Y dio un quite providencial con los subsidios del misal en el momento en el que los concelebrantes recitaban su parte de la plegaria eucarística III. En el momento de la comunión, los sacerdotes se repartieron por el pabellón para evitar que los fieles -en absoluto público aunque estuvieran sentados en un graderío- tuvieran que moverse de sus asientos. No es lo preceptivo porque la procesión para comulgar encierra un significado mistagógico que no conviene obviar. Al menos, a los familiares se les permitió formar esa expresión de la Iglesia peregrina que camina unida hacia el altar en pos del viático. Pero a qué negarlo, el funeral en Huelva por las víctimas de Adamuz quedará marcado en la memoria colectiva por el grito de Liliana, una plasmación de fe y coraje cívico como pocas veces se ve. «El odio no nacerá de la rabia que nos crece». Hay que tener muy trabajada el alma en perdonar para que nazca del corazón semejante frase sobre la cicatriz horrorosa de la pérdida de una madre de manera tan trágica. Que brille para todos ellos la luz eterna.



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