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La realidad de Doñana y las marismas del Guadalquivir

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«La Marisma siempre depara sorpresas» era una frase favorita de mi padre que pronunciaba cuando la naturaleza de este espacio único lo hacía testigo de algún fenómeno o espectáculo que llamara fuertemente su atención. Podía ser la llegada otoñal de la primera avanzadilla de ánsares o la ocasional observación de alguna rareza ornitológica, como el gorrión nival que en los años cincuenta constituyó la primera cita de esta especie en el sur de España. A mí también me ha deparado muchas sorpresas, como mi primer encuentro con los camellos salvajes o el descubrimiento de un millón de ranas refugiadas bajo el casco de una embarcación marismeña, cajón, cuando el humedal se secaba en las postrimerías de un mes de julio. Sin embargo, desde que la gestión de este espacio dejó de ser privada y pasó a las Administraciones públicas, las sorpresas que me trae este que ha sido escenario de tantas jornadas de mi vida no son precisamente halagüeñas. Allí, desde hace más de 60 años he sido, primero que nada, cazador, pero también anillador, seguidor de los procesos naturales, miembro del órgano rector del parque nacional e investigador. Todo ello de forma altruista y movido siempre por la heredada inclinación que mi familia ha mantenido por la caza y la conservación. Desde esta posición he podido contemplar los cambios acaecidos en las condiciones naturales de esta región, que casi siempre han conducido al deterioro de la misma. Al tiempo que escribo estas líneas, enero de 2026, las lluvias han permitido que la Marisma muestre un estado aceptable de inundación que, sin embargo, está sirviendo para ocultar sus carencias. Los drenajes, la roturación, eliminación o desviación de cauces tributarios, la desconexión con el río grande, la destrucción de los acuíferos subterráneos, etc. la han colmatado en buena medida y convertido en una especie de bañera que a la llegada del verano se torna en trampa letal para la fauna, con episodios de mortandad acentuada por el deterioro de la calidad del agua, ahora, entre otras cosas, debido a contaminación por metales pesados. En los cotos, por otra parte, la no actuación de los responsables ha conducido a que la vegetación de monte bajo se haya cerrado de tal forma que han desaparecido las praderas de hierba y con ello el conejo, con todas las consecuencias que eso trae para especies valiosas como el águila imperial y el lince, que ya prácticamente no viven allí. Las alteraciones del sistema hídrico, tanto superficial como subterráneo, han provocado la pérdida de arbolado, como el parque de alcornoques que servía de base a las famosas colonias de garzas y espátulas de la Vera. Bajo el régimen de propiedad privada había una actuación permanente sobre el medio, pero ya sabemos que en nuestro país la declaración de un espacio como protegido implica la paralización de las acciones por las cuales se ha mantenido en estado óptimo de conservación, lo que acarrea su abandono y deterioro. Con profundo desasosiego he constatado a lo largo de los años que ambas clases, la política y la administradora, profesan un único interés por los espacios naturales protegidos y es el de aprovecharse de la popularidad de estos para beneficiar sus proyectos partidistas y personales. Resulta esto decepcionante y desolador para un contribuyente con dedicación desinteresada al medio ambiente. Doñana es un cebo muy atractivo para esta gente, pues su fama y reconocimiento están mejor contemplados fuera que dentro de nuestras fronteras. ¿Quién iba a decir a aquellos bienintencionados pioneros cazadores-naturalistas que crearon la idea y ayudaron a conferir un estatus oficial de protección, ante las amenazas de proyectos estatales de transformación, que esto iba a ocurrir? De saberlo habrían desistido en su empeño, como algunos de ellos han manifestado. Ahora, con la presencia del agua y más aún cuando llegue la primavera con su explosión de verdor, el gran público puede pensar que los problemas del espacio protegido están obviados. Sin duda, de ello se aprovecharán los gobernantes y gestores oportunistas para adjudicarse la autoría de los buenos resultados. Pero al público se le ocultan problemas de calado, como la contaminación del agua o el uso ilegal de la misma, de consecuencia nefasta para el mantenimiento del régimen hidrológico natural. Hace unos años el Gobierno regional, en su ánimo por obtener los votos de los agricultores, intentó legalizar 3000 hectáreas de regadíos ilegales. Tuvo que intervenir Europa para detener el proyecto porque desde las instancias conservacionistas locales no resultó posible. Tampoco la gente es consciente del continuo descenso de las poblaciones de fauna o la pérdida de árboles centenarios. Hacia los años ochenta del siglo pasado, el contingente de ánsares invernantes rondaba los 100.000 individuos. En la temporada pasada no llegaron a 3000. Tan solo hace cinco años el censo de la ganga común en la zona andaba por 1500 ejemplares cuando hoy es de menos de 800. ¿Dónde están las cercetas pardillas o los frisos, claudios y porrones que yo anillaba a cientos, capturando las camadas en los meses de junio, julio y agosto? Ya no se huevea pero, si se hiciera, qué resultados tan exiguos iban a conseguir aquellos colectores de huevos del siglo pasado, que buscaban los de archibebes, cigüeñuelas, baquiruelas, avefrías, cagazos, charranes, etc, y especialmente los de gallaretas, para luego venderlos por las calles de Sanlúcar. Ya no hay ni anguilas ni peces en la Marisma y recuerdo que, llegando el verano, se iban secando las aguas y en las cuencas enfangadas de los lucios se almacenaban cadáveres, a veces en una capa de una cuarta de espesor, de panarras y albures. Y allá acudían los buitres, rejeleros y milanos a cebarse en la carroña. Luego, con las aguas de otoño y el intercambio con las del Guadalquivir, entraban alevines que repoblaban de nuevo caños y lucios, repitiéndose el ciclo. No solo comprobamos el descenso de efectivos, sino también la pérdida de especies como el alcotán, que desde hace un par de años ha desaparecido en la zona. Quizás porque sus principales presas, las libélulas y los vencejos, que a su vez dependen del agua y de los insectos, también han acusado una pavorosa declinación de sus contingentes. El lince decidió mejor instalarse en los olivares y pinares de la Puebla y el Aljarafe, donde encuentra conejos, y del águila imperial apenas quedan cuatro parejas en el recinto reservado, que resisten gracias al esfuerzo de unos voluntarios que las alimentan de forma artificial. Por otra parte, la superpoblación de ungulados, ciervos, gamos y jabalíes y el escaso control que se ejerce sobre la misma introducen un desequilibrio que daña a otras especies de fauna y a la vegetación. La prohibición de la caza a partir de los años ochenta no ha hecho más que perjudicar a la biodiversidad. Estaría bien que se permitiera el aprovechamiento cinegético, se vendieran los derechos y se invirtieran los correspondientes ingresos en labores de conservación. Aún perdura fresco en mi memoria el recuerdo de aquellos recorridos a caballo por el rosario de lagunas peridunares, adonde íbamos a espiar a los porrones pardos. Hoy la mayoría de sus cubetas están secas y cubiertas de matorral por el descenso del acuífero subterráneo, ocasionado por la extracción de agua para el consumo urbano y los cultivos de riego de la periferia. También se aprecia una preocupante pérdida de patrimonio cultural. El cese del aprovechamiento de los recursos naturales ha conducido al empobrecimiento e incluso desaparición de los usos para obtenerlos. Cada vez hay menos personas en la región que conozcan los topónimos y los nombres vernáculos de la fauna y flora. Los técnicos de la plantilla del parque se refieren a los lugares con numeraciones de cuadrículas cartográficas y a los animales y plantas con sus nombres científicos. Si hubiera un poco de voluntad por parte de los responsables y cumplieran las leyes, como la del parque nacional y el decreto de Regeneración Hídrica 2005, lo que nos queda de Doñana-Marismas podría volver a lo que siempre fue hasta que se eliminó la gestión privada, un emporio de riqueza biológica que causaba envidia al resto de Europa.



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