Elena Ceballos, física y oceanógrafa: «El océano nos protege, pero no para siempre»
Elena Ceballos pasa gran parte de su vida mirando al océano con ojos de científica, intentando descubrir más cosas sobre este aún gran desconocido. Su trabajo se centra en entender cómo el océano captura y almacena carbono, actuando como el principal pulmón del planeta y desempeñando un papel clave en la regulación el clima. Apasionada por la ciencia y su impacto social, combina su labor investigadora con una intensa actividad divulgativa.
Su último desafío ha sido embarcarse de la mano de Acciona en la décima edición del programa de liderazgo femenino Homeward Bound, que este año ha llevado a África a más de 50 mujeres de 17 nacionalidades diferentes, y donde abordaron grandes desafíos a nivel global.
¿Qué le atrajo del océano como sistema de estudio y qué cree que aún no comprendemos bien de él?
Como persona muy curiosa, el océano me atrajo precisamente por ser un gran desconocido, a pesar de desempeñar un papel absolutamente vital en nuestras vidas. Es el pulmón del planeta: late en cada ola y nos regala dos de cada tres respiraciones que tomamos. Y es uno de los grandes reguladores invisibles de la Tierra: absorbe gran parte del calor y del carbono que generamos, modera la temperatura global, sostiene una biodiversidad extraordinaria y conecta todos los sistemas del planeta. Sin embargo, aún no comprendemos bien, ni como sociedad ni, en ocasiones, desde la propia ciencia, la profundidad de su conexión con todo lo demás. El océano está lejos de nuestra vista, pero no de nuestra vida, y ese desfase sigue siendo uno de los grandes retos: entender que su salud es nuestra salud, que «sin azul no hay verde».
¿Qué señales del cambio climático en los océanos le preocupan más actualmente y por qué?
Que esté absorbiendo gran parte del impacto del cambio climático en silencio: el exceso de calor, el carbono, la pérdida de biodiversidad. Es un sistema resiliente, pero no infinito. Todo ello tiene un impacto sobre los ecosistemas marinos y las comunidades que dependen de ellos. También me inquieta que, al no ver estos cambios de forma directa, como una sequía o un incendio, tendamos a normalizarlos o ignorarlos. El océano nos está protegiendo, pero no puede hacerlo indefinidamente si no cambiamos nuestra relación con él. Hay una desconexión entre la gravedad de lo que ocurre y la percepción de urgencia en la sociedad. El océano se está quedando sin tiempo silenciosamente, y eso debería alarmarnos tanto como cualquier otro fenómeno climático visible. Si seguimos exigiéndole sin cuidarlo, estamos debilitando uno de nuestros principales aliados frente a la crisis climática.
¿Cree que la sociedad subestima el papel del océano como regulador climático? ¿Qué consecuencias tiene ese desconocimiento?
Sí, claramente. El océano sigue siendo uno de los grandes ausentes en muchas conversaciones sobre el clima, a pesar de ser unos de sus principales reguladores. Un ejemplo muy revelador es que no fue hasta 2023, en la COP28, cuando se incluyó por primera vez un Pabellón del Océano en una Cumbre del Clima. Esto da una idea clara de lo tarde que hemos empezado a situarlo en el centro del debate climático. Este desconocimiento tiene consecuencias profundas: si no entendemos el papel clave que juega en la regulación del clima, difícilmente lo integraremos en las políticas, en las soluciones y en las decisiones urgentes que debemos tomar. Además, ha generado una desconexión emocional de gran parte de la sociedad con un sistema del que dependemos de forma directa, lo cual dificulta construir el cuidado colectivo que el océano necesita.
Desde su experiencia científica, ¿cuál diría que es el mayor error que cometemos al abordar la crisis climática?
Uno de los mayores errores es pensar que se trata de un problema del futuro y no del presente, y creer que aún tenemos tiempo para debatir cuando lo que necesitamos es gestionar y mitigar con urgencia. Otro error fundamental es abordarlo como si fuera solo un reto técnico o científico. La crisis climática es también un desafío humano, social y de liderazgo. No basta con generar datos si no somos capaces de traducirlos en comprensión, decisiones y cuidado. Necesitamos liderazgos colaborativos y sistémicos que entienda que proteger el planeta también es proteger la dignidad y el futuro compartido. La ciencia es fundamental, pero no es suficiente si no la convertimos en conexión, comprensión y acción colectiva.
¿Qué le llevó a participar en Homeward Bound y qué expectativas tenía antes de empezar?
Sentía que los grandes retos actuales a los que nos enfrentamos, como el del cambio climático, requieren formas de liderazgo más inclusivas, diversas y humanas de las que vemos. Homeward Bound, con el impulso de Acciona, surgió como una respuesta a esa búsqueda. Antes de empezar, esperaba adquirir herramientas de liderazgo para la gestión de mis proyectos de investigación y conectar con otras mujeres líderes en ciencia para aprender juntas a liderar desde la diversidad y la cooperación. Lo que no imaginaba era hasta qué punto me transformaría también a nivel personal, ampliando mi mirada sobre el liderazgo, la ciencia y mi papel como científica.
¿Ha habido algún momento durante la experiencia que marcara un antes y un después?
Sí, hubo un momento de una claridad absoluta que funcionó como un punto de inflexión emocional e intelectual. Fue estando parada en la Garganta de Olduvai, en Tanzania, conocida como la cuna de la humanidad. Allí sentí una conexión abrumadora. Saber que bajo mis pies estaban las huellas de los primeros pasos humanos me hizo entender algo profundo: somos el resultado de millones de años de adaptación, aprendizaje y, sobre todo, colaboración. Antes de culturas, fronteras o idiomas, fuimos simplemente humanos compartiendo un mismo origen.
Durante su experiencia en Tanzania, ¿qué aprendió del vínculo entre las comunidades locales y su entorno natural?
Aprendí que para ellos la naturaleza no es un concepto abstracto ni un recurso a gestionar: es el tejido mismo de su vida cotidiana, su cultura y su supervivencia. No hay una separación entre «conservación» y «vida diaria»: cuidar el entorno es, simplemente, cuidar aquello que los sostiene. Creo que deberíamos aplicar esa mirada integradora y humilde. En nuestro mundo, a menudo abordamos la sostenibilidad desde la compensación o la reducción del daño. Ellos nos enseñan que el punto de partida debe ser otro: debemos observar con curiosidad, entender los ciclos naturales como parte de los nuestros y tomar decisiones desde esa conexión.
¿Qué tipo de liderazgo se necesita contra la crisis climática?
Uno colaborativo y profundamente humano. Que deje atrás el modelo vertical y solitario para abrazar la cooperación y el cuidado colectivo, entienda que no hay soluciones aisladas y, sobre todo, reconozca la interdependencia entre las personas, los ecosistemas y cada decisión que tomamos.
¿Cree que todavía hoy existen obstáculos para el liderazgo femenino en la ciencia?
Sí, sin duda. Son obstáculos a veces visibles y a veces sutiles: desde la necesidad de demostrar el doble en entornos masculinizados hasta la presión constante, la dificultad para conciliar o los techos de cristal que persisten. En Tanzania escuché historias de compañeras que tuvieron que dejar sus países para que su talento fuera reconocido, o que necesitaron pausas para proteger su salud mental en ambientes tóxicos. Sin embargo, la perspectiva femenina y feminista no solo es necesaria: mejora la ciencia y las soluciones que construimos. Y, aunque hemos avanzado, persisten estructuras históricas que limitan el acceso de las mujeres a espacios de poder y decisión y el camino hacia una ciencia realmente equitativa aún es largo.
Homeward Bound habla mucho de liderazgo colaborativo y sistémico. ¿Cómo ha sido trabajar y compartir ideas con otras mujeres?
Transformador. Compartir espacio con mujeres de 57 mujeres de 17 nacionalidades me enseñó que la diversidad no es un reto, sino una riqueza. Cada perspectiva nueva ensanchaba la mía, me obligaba a cuestionar lo que daba por hecho y me enseñaba a liderar con más empatía y consciencia. Y lo más poderoso fue el cómo. El espacio seguro que creamos nos permitió mostrarnos vulnerables, porque entendimos que la autenticidad y la empatía son los cimientos de la confianza necesaria para actuar unidas. Trabajar con ellas fue, en definitiva, vivir y respirar ese liderazgo colaborativo en acción.
Si pudiera transmitir un solo mensaje a las jóvenes para proteger el planeta, ¿cuál sería?
Conecta. Con la naturaleza, con otras personas y contigo misma. De esa conexión nace la fuerza para actuar con tu voz única. No hace falta tener todas las respuestas para empezar. Porque proteger el planeta es proteger nuestro futuro común, y cada voz cuenta. Aporta lo que solo tú puedes dar: un valor irrepetible y necesario.
