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Loreto Apellániz García: el verdugo de Valencia

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En la macabra geografía de la represión durante la Guerra Civil, Valencia encontró su epicentro del terror en Loreto Apellániz García, que fue la profesionalización de la crueldad y el saqueo amparados por una estructura estatal: el Servicio de Investigación Militar (SIM). La Causa General, elaborada durante la dictadura franquista, lo calificó como «el más cruel de los agentes republicanos».

Apellániz era, antes de la contienda, un hombre corriente. Funcionario de Correos, dedicaba su tiempo libre a la importación y distribución de películas extranjeras, y a su militancia en el PCE. Físicamente, era un hombre alto, de complexión robusta y con cara de pocos amigos.

A diferencia de otros jefes de las checas, Apellániz fue el arquitecto de una red de delación científica. Con paciencia, tejió una tupida malla de confidentes que incluía, paradójicamente, a elementos de derecha coaccionados, logrando que en cada calle de Valencia hubiera un par de ojos vigilando para el SIM.

Bajo el mando nominal del mayor de Artillería Atilano Sierra —descrito por las crónicas como un hombre servil y comodón, más interesado en su bienestar personal y su lujoso automóvil que en el servicio—, Apellániz ejercía el poder absoluto. Su voluntad era omnímoda y no dudaba en chocar con autoridades militares, judiciales o civiles, a las que llegó a coaccionar para supeditar sus decisiones a los intereses del SIM.

Lo sustancial de su mando no era la búsqueda de desertores o el contraespionaje real, sino la imposición del terror para fortalecer la influencia comunista y, fundamentalmente, el enriquecimiento personal y de sus secuaces. El «canguro», como se conocía al vehículo de trasiego de presos, llevaba a los detenidos a los centros de tortura del SIM, especialmente a la checa de la calle Sorní, número 7.

El aspecto más revelador del sistema de Apellániz fue su colaboración con el Decano del Colegio de Abogados de Valencia. Juntos orquestaron una maquinaria de extorsión. Apellániz realizaba detenciones de personas acomodadas. Los detenidos no eran interrogados de inmediato. Se les dejaba pudrirse en calabozos inmundos durante meses, recibiendo palizas periódicas para quebrar su moral y la de sus familias. Era entonces cuando agentes de Apellániz visitaban a los familiares, fingiendo piedad y ofreciendo protección, para finalmente sugerir que solo la influencia del citado Decano ante Apellániz podía salvar al recluso. Así, el Decano exigía oro, brillantes o monedas extranjeras hacer desaparecer los expedientes, alegando que los billetes de la República pronto no valdrían nada. Este sistema permitía a Apellániz y sus secuaces llevar un tren de vida escandaloso, celebrando juergas en lugares como Villa Rosa junto a sus «informadoras», mientras en los sótanos de Sorní se torturaba a los mismos deudos de quienes habían pagado el rescate.

La checa de la calle Sorní fue el escenario de las mayores atrocidades de Apellániz. Allí, la tortura dejó de ser un exceso miliciano para convertirse en un método administrativo. Un caso paradigmático fue el del aristócrata Federico Espinosa de los Monteros, quien sufrió maltratos durante tres meses. Bajo la supervisión de Apellániz, fue atado a una silla donde le fueron retorcidos los órganos genitales, causándole una gravísima orquitis.

Capturado por los nacionales

Otros testimonios, como el de Vicente Martín-Villalba, relata la existencia de presos colgados del techo en el suplicio del «calienta pies» (un brasero de carbones bajo los pies desnudos mientras eran golpeados), o detenidos a los que se les introducían astillas de caña bajo las uñas a golpe de martillo. La crueldad llegaba a extremos insospechados, como el de una joven a la que le arrancaron el cuero cabelludo de un tirón de pelo.

En la checa de Santa Úrsula, también bajo la órbita de su influencia, se documentó el encierro de reclusos en nichos de la cripta conventual, obligándoles a dormir entre esqueletos. El abogado Jesús Domingo, tras veinticuatro días en este sepulcro, entró joven y robusto y salió convertido en un anciano de pelo blanco y pulmones destrozados.

«Federico Espinosa de los Monteros fue atado a una silla donde le fueron retorcidos los genitales, lo que le causó orquitis»

La actuación de Apellániz no fue un fenómeno aislado, sino que contó con la tutela del Departamento Especial de Información del Estado (DEDIDE) y agentes soviéticos vinculados al NKVD. En Valencia, al igual que en Madrid, figuras extranjeras como Peter Sonin y su mujer Berta actuaban como técnicos con amplia autoridad en los interrogatorios, integrando el modelo de la policía política estalinista en el Levante español.

El fin de Loreto Apellániz se produjo al entrar las tropas nacionales en Valencia en marzo de 1939. Fue capturado por las nuevas autoridades, para júbilo de una población que había vivido bajo su bota durante dos años. Fue sometido a un Consejo de Guerra Permanente junto a 21 miembros de su brigada. Las pruebas de sus asesinatos fueron abrumadoras. Fue condenado a muerte y ejecutado en 1939.




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